EL ENIGMA TEMPLARIO DEL AVE FÉNIX – AVE PHOENICE ( FENICIA, LA REALEZA, LA PÚRPURA Y LA PALMERA)

EL ENIGMA TEMPLARIO DEL AVE FÉNIX

El ave fénix es mucho más que un mito poético, o una leyenda para contar a los niños. El arquetipo que se oculta en la mitología del Ave Fénix, está en lo más profundo del subconsciente colectivo, y fue esencial para que un pueblo desarrollara sus potencialidades. La mitología es un camino iniciatico que contiene las claves de la evolución del alma humana, para que pasen de potencia al acto. El Ave Fénix, encierra la mitología de más alto contenido iniciatico, en su mito universal que nació en la tradición del Antiguo Egipto, aunque se manifestó de forma similar en la India, China y otros puntos del planeta.

En la crisis cultural de Occidente, ese ave que renace de sus cenizas es más necesaria que nunca. De ahí que esté cobrando fuerza en el imaginario colectivo. Es volver la mirada a nuestras raices más profundas para coger fuerzas y de nuevo volar.Ave fenix

Tácito decía que, solo por sus plumas, el Fénix puede distinguirse fácilmente de cualquier otra ave. Lactancio le atribuía un color rojo azafrán con un pico de aspecto similar a una gema o formado por piedras preciosas. Las plumas muestran irisaciones blancas, verde esmeralda y marfil. Igualmente, todos describen las garras como enormes y rojas.

El autor latino Aquiles Tacio nos explicó que el Fénix se precia de tener al Sol por señor y Lactancio en el famoso poema “De ave Phoenice”, afirma que tiene por corona los rayos del astro rey. Claudiano percibe en sus ojos, lo que describe como “brillo misterioso” y  el propio Lactancio lo compara a “jacintos azules de gran fulgor”.

Se dice que el Ave Fénix, cuando se mueve muestra su gran dignidad y altivez. Ezequiel, el profeta judío, explicaba en la Biblia  que su andar es “altivo como un toro y ágil, como si el cuerpo no le pesara”.

LLama la atención que el Ave  Fénix es androgino, es macho y hembra a la vez. Plinio afirma sin dudarlo que “un dios le concedió renacer de sí mismo sin lazos que aten a Venus”. El canto del Ave Fénix, se asemeja al del mejor ruiseñor en el Paraiso. En las auroras, espera en lo alto de la copa del árbol sagrado, mirando hacia el Este, el lugar donde nace el Sol; cuando despuntan los primeros rayos entona un canto que hace palidecer al del gallo.

Los distintos autores nunca se pusieron de acuerdo sobre donde habita esta ave. Para Tácito y Heródoto su lugar de residencia era Arabia, para Arístides y Ausonio, la India. Los poetas Ovidio y Marcial la sitúan en Asiria y Lactancio, que siempre fue tan exacto para ciertos datos, se limita aquí a indicar un vago “Oriente”.

El Fénix muere y resucita en Heliopolis, “la ciudad del Sol”, pero seguramente no es la ciudad egipcia que conocemos si no que simboliza algo así como el Paraiso judeo-cristiano. Pues se dice que en aquel país no existe el dolor, ni el mal.

Los campos eliseos son el lugar del Ave Fénix, para los griegos, para ellos no hay duda gracia a la ascesis heroicay a la “prueba iniciática” el hombre  tiene la posibilidad de reintegrarse en la edad primordial, la Edad de Oro. Quienes lo consiguen tienen en el Elíseo su morada. Y sobre ellos, eternamente, revolotea el Fénix.El secreto del Ave Fénix, es que  renace en virtud de su muerte; cuando se siente anciano recoge plantas aromáticas y crea un nido en el que muere; de sus restos nace una especie de gusano que es el germen de la nueva ave. Una vez adulta, vuela a Heliópolis desde las tierras de Arabia. Resulta evidente que el eje central es la  “muerte-renacimiento” que remite a los cimientos de todo sistema iniciático: para que una ceremonia de iniciación produzca efecto, el “hombre viejo” debe morir y, en su lugar, debe aparecer un nuevo alumbrado, un hombre renacido, un “hombre nuevo”.

En el proceso iniciático, como en la vida del Fénix, existe un antes y un después de la muerte simbólica. Un antes donde el viejo hombre ha agotado  sus posibilidades,  ha llegado a un ocaso y una verdadera crisis existencial; en el “después” todo se renueva y torna joven y vivo. Se hace la compresión de la vida y sus misterios.phoenix_rising_by_jodipheonix

Ovidio, decía que la edad del Fénix es de 500 años,  cumplida esta edad se encierra en su nido situado en lo alto de una palmera, confeccionado con ramas aromáticas (casia, nardo, cinamono, mirra) y muere en medio de éstas derramando sobre sí mismo “la fuerza genital”.

Estos matices poéticos  profundizan en los significados simbólicos y claves  de la iniciación solar del Fénix: muerte-resurrección, solaridad, paraíso…

La tradición esoterica dice que la palabra fénix, procede de la palabra griega “phoenix”, que alude  a los nativos de Fenicia, al color púrpura y a la palmera.  De Fenicia, surgieron los obreros del Templo de Salomón, es la tierra del este por donde sale el Sol, es la tierra de la magia; el color púrpura es el color de Zeus y de los dioses del Olimpo, y la palmera, por su parte, es el árbol sagrado de Oriente gracias a su forma vertical que luego se abre, desparramando sus ramas como si fueran rayos del Sol.

Los templarios supieron de la profundidad de este arquetipo  y lo , incluyeron en la iniciación de su círculo interno y secreto. Muy seguramente fueron los sufis de al-Andalus, Persia y Siria quienes les iniciaron en los secretos ocultos del Fénix.

Algunas capillas templarias con forma circular poseen una bóveda sostenida por una columna central llamada  Palmera de la Vida. Allí los iniciados sufis y los templarios situaban un pequeño habitáculo en el interior del cual meditaban en soledad antes y después de su iniciación. Desde aquí recomiendo profundizar en monumentos como San Baudelio de Berlanga (Soria) que ya tocamos en este y otros blogs, o en obras de Ángel Almazan o articulos (1)
Fenicia, la palmera y el color púrpura, indicaban la iniciación solar, heroica, la ascesis, la dignidad regia  remitiendo en su conjunto al concepto de iniciación, en el grado más alto. También hablamos de la alquimia espiritual, el androgino que surge tras la diferentes fases.

La tradición iniciatica, la cadena inmortal y secreta pasó de los egipcios a los griegos y de ahí al mundo latino. Cuando éste se extinguió en la decadencia,  correspondió a los árabes, de nuevo a los hijos de Fenicia,  rescatarlo e insertarlo en la particular cosmogonía islámica. Añaden los tratadistas islámicos que el Fénix solo se posa en la montaña Qâf, considerada por ellos como el polo y el centro mundo. Para Al Jili, el secreto del Phoenix, estába en su propio nombre, como el nombre de Alah.

El Fénix, el avatar solar, que otra vez vuela por nuestro cosmos, intentando extraer de nuestra putrefacción, al ser humano regenerado por el fuego, un hombre trascedente, con mas corazón con el alma más pura y brillante.  Muestranos el camino, en tu vuelo, ave Fenix, tu que traes la luz de Occidente y Oriente en tus alas.

Fuente: http://laluzdelmedievo-mercedesyzquierdo.blogspot.com.es/2015/09/el-enigma-templario-del-ave-fenix-ave.html

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EL REY QUE IMPUSO EL SISTEMA DE LOGIAS

Sistema de Logias: Actualmente la Masonería está compuesta por miles de Logias alrededor del mundo, cada una de las cuales posee un Venerable Maestro y un grupo de oficiales, reconocidos y autorizados para la celebración de ceremonias de iniciación y aumento de grado.

Es posible que estas se hayan desarrollado a partir de la Capilla de Rosslyn, perteneciente a la familia St. Claire, hasta las Logias tal como las conocemos en la era moderna.

Parece ser que luego de la Capilla de Rosslyn, el concepto de Logias Operativas (aquellas formadas por Masones especializados y hábiles) continuaron prosperando en asociación cercana a las más antiguas Logias Especulativas (aquellas formadas por aristócratas, admitidos a lo largo de la Resurrección viva).

Así como lo hemos visto, una vez que la Capilla de Rosslyn fue concluida no fue simplemente posible disolver las organizaciones secretas en las cuales los orgullosos Masones fueron mantenidos.king-james-I

Ellos tenían sus propios ritos y orden que los vinculaba con un Lord, los ancestros misteriosos del pasado, del Rey Salomón y con el más allá.

En los próximos cien años, estos Masones Operativos crecieron en Escocia como una extensión remota de la Masonería Especulativa, pero eventualmente las de la Familia St. Claire cayeron en la oscuridad y eso dio lugar a la pérdida del sistema original en la memoria de los tiempos. Lentamente las ceremonias fueron repetidas con honor, pero lamentablemente sin conocer sus verdaderos orígenes.

El Rey James VI de Escocia (luego James 1 de Inglaterra) era el único hijo de la Reina María de Inglaterra y el Primer Rey que gobernó conjuntamente a Inglaterra y Escocia.

Sistema de Logias: También fue el primer Rey Masón, siendo iniciado en la Logia de Scoon y Perth en 1601 a la edad de 35 años.

Nacido el 19 de junio de 1566, James tenía 15 meses de edad cuando sucedió a su madre en el trono Escocés, pero no comenzó a gobernar sino hasta 1583. El recibió una educación excelente por parte de su tutor George Buchanan, quien indudablemente tuvo una fuerte influencia en el joven Rey.  Buchanan fue educado en las Universidades de San Andrés y en París, siendo un hombre de un intelecto brillante.

El vivió en Europa durante cincuenta años donde desarrolló una gran reputación por ser uno de los líderes humanistas de la época y desde entonces ha sido considerado como uno de los mejores estudiantes de Latín y poeta de fines del Renacimiento.

El joven Rey también poseía un buen intelecto y bajo la tutela de Buchanan, James satisfactoriamente se afirmó como cabeza de la Iglesia y el Estado en Escocia, juzgando a los nobles que conspiraron contra él.

Ansioso por suceder en el trono Inglés a Elizabeth 1ra. (quien en ese entonces no tenía ningún progenitor), llevó a cabo una protesta cuando su madre fue ejecutada por traición a Elizabeth en 1587.

A la edad de 37 años, dos años después de convertirse en Masón, James se convirtió en el primer Rey Stuart de Inglaterra y fue muy devoto de los asuntos de ingleses a partir de allí. Probablemente criado como un Presbiteriano, inmediatamente antagonizó el crecimiento del movimiento puritano, emitiendo una petición por la reforma de la Iglesia de Inglaterra ante la Corte Conferencial de Hampton en 1604.

De la hostilidad Católica Romana a una monarquía Protestante que ha sido esparcida, en 1605 una conspiración Católica dirigida por Guy Fawkes no tuvo éxito; atentado que trataba de terminar con el Reinado y el Parlamento.

A pesar de esta conspiración, había una suposición en Inglaterra que James era secretamente pro-católico, ya que concluyó la paz con España en 1604.

Sistema de Logias: James era un Masón especulativo y también escribió libros acerca del trono, teología, inclusive sobre temas como la brujería.

Significativamente el también confeccionó una versión autorizada de la Biblia, la cual fue denominada “La Biblia del Rey James. (Esta es una versión que omite los dos Libros Anti Nasoreanos de Macabeo).

La Masonería Moderna no es sectarista, no obstante siempre se la jacta de serlo , por lo que se cree que existió un periodo anti católico que se observa en la Introducción de la Biblia del Rey James.

Los eventos que ocurrían a inicios del Siglo XVII, proporcionaron las condiciones perfectas para que la Sociedad Secreta de Masones emerja al área pública.
Con un Rey Masón especulativo y con el poder del Papa bloqueado en toda Escocia, la necesidad del secreto absoluto acerca de la existencia de la Orden había desaparecido.

El Rey James era un pensador y reformador por lo que sintió que la estructura del crecimiento masónico necesitaba ser más formalizado tomando el control activo del Reino Escocés quince años después, dos años antes de ser aceptado como Masón y cinco años antes de convertirse en monarca Inglés, ordenó que a la estructura masónica existente le sea otorgada un liderazgo y una organización.

El llevó a cabo un liderazgo Masónico con William Schaw, su Director General de la Orden y lo instruyó a que mejorara la entera estructura masónica. Schaw comenzó su proyecto mayor el 28 de diciembre de 1598, cuando publicó: “Los Estatutos y Ordenanzas a ser observadas por todos los Maestros Masones del Reíno”, firmando como Director General de la Orden.

Schaw no dio mucha importancia al hecho que dichas colecciones fueron introducidas originalmente por la familia St. Claire, quienes han sostenido lo que era conocida como la Corte de la Orden, aproximadamente 200 años antes, bajo el Reino de Robert the Bruce.

En la época de Schaw parecía que la influencia de los St. Claire había disminuido, porque habían buscado ganar financieramente a través del control de la Masonería Operativa.

Hacia fines del año 1600, un nuevo documento fue confeccionado por Maestros, Diáconos y Hombres Libres de la Orden en Escocia y fue publicado bajo el consentimiento de William Schaw, al cual se lo describe en el documento como el Maestro Rey de los Maestros; este fue conocido como la Primera Carta de St. Claire.

Esta Carta fue firmada por oficiales de las Logias de Dunfermline, San Andrés, Edimburgo, Haddington y el Puerto de Aitchinsons. A pesar de la caída en la fortuna de la familia St. Claire, los Masones Escoceses mantuvieron la tradición y rechazaron la oferta de Schaw, de una Garantía Real para la Orden, a cambio de la aceptación como Gran Maestro del Rey James.

Sistema de Logias: Asimismo, la familia St. Claire no tenía derecho al veto contra James, pero sí contaban con el apoyo de las Logias que estaban contra él.

Los rituales de las Logias de Schaw eran regularizados pero todavía se basaban en las “Viejas Constituciones”, en las palabras de los masones y en los significados tradicionales antiguos de reconocimiento.

El llamó a las Asambleas o Reuniones de los Masones especulativos, “Logias”, y dos años antes de que su trabajo se llevara a cabo, las Logias Secretas de Escocia empezaron a controlar la asistencia de sus miembros y a mantener la duración de las reuniones.  Ellos no divulgaban sobre su existencia pero actualmente los podríamos identificar con facilidad.

La ubicación geográfica de las primeras Logias registradas, muestran como los rituales de Rosslyn en manos de William St. Claire se convirtieron en el movimiento más importante durante el reinado de James VI. Fueron las regulaciones de la Masonería Especulativa y Operativa, de William Schaw (Director General de la Orden de James VI), las que formalizaron el ritual que hoy conocemos como los Tres Grados de la Orden Masónica.

Realizó esto restableciendo a los Masones Operativos alejados en subsidiarios “juniors” de los Masones Especulativos, creando así “incorporaciones” para los Masones donde , cada uno de ellos pasarían a ser miembros de una “Logia” de Masones Especulativos. Uno de los requisitos fundamentales para pertenecer a una “Logia Especulativa” era que cada candidato fuese un “hombre libre” en la localidad donde la Logia esté situada y pronto un Masón Especulativo sería distinguido de un Masón Operativo, con el título de “Masón Libre”.

Cada incorporación requería estar ligada a una Logia, pero cada Logia de Masones Especulativos no debía necesariamente tener una incorporación. Desde este punto en adelante, la Masonería sería estructurada en un sistema de Logias, las que muy pronto se propagarían en Inglaterra y eventualmente a todo el mundo Occidental.

Fuente: Fraternus

 

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EL DÍA QUE MURIÓ ÚLTIMO GRAN MAESTRE TEMPLARIO EN LA HOGUERA JACQUES DE MOLAY

«¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!», proclamó antes de morir.

Despunta el alba en la Isla de los Judíos, pero el sol apenas clarea de gris el lúgubre recodo del Sena. Las orillas están a rebosar de rostros curiosos, tanto en el lado del mercado como en el que linda con los jardines del Palacio del Rey. Hay risas, y vino, y putas trabajando bajo los mantos. Porque toda ejecución es un espectáculo y todo espectáculo es una fiesta.

Y toda fiesta tiene un invitado de honor. Este ha pasado la noche en la isla, en una jaula improvisada hecha con maderos. Un niño hubiese podido escapar de ella en cuestión de minutos, pero el despojo balbuceante que los alguaciles sacan de su interior apenas es capaz de tenerse en pie, cuanto ni más huir. Le conducen frente al preboste de París, que aguarda inquieto frente a la pira. Cambia el peso de un pie a otro, incómodo por la humedad y por la tarea ingrata. Cuando desenrolla la sentencia y se la lee al reo, lo hace con voz trémula y ojos esquivos.

-Jacques Bernard de Molay, vigésimo tercer Gran Maestre de la Orden de los Pobres Caballeros de Cristo y el Templo de Salomón, conocidos como templarios. Has sido juzgado y hallado culpable por tu propia confesión de los delitos de herejía, idolatría, simonía y blasfemia contra la Santa Cruz. Por ello has sido condenado a morir en la hoguera.

-Fui condenado a cadena perpetua, no a muerte. Y me retracté de esa confesión, obtenida bajo tortura -susurra el anciano.

El preboste mira a Molay con compasión no exenta de culpabilidad. Sabe que la confesión ha sido arrancada de forma cruel. Tras siete años de prisión, el anciano ha quedado reducido a una sombra de lo que fue. Pese a ello, cuando la sentencia se proclamó en firme, Molay fue tan torpe de no aceptarla con la sumisión esperada.

-Rechazasteis la misericordia del rey Felipe proclamándoos inocente cuando ya habíais sido hallado culpable. Añadisteis el pecado de la soberbia a los que ya poseíais. Y os condenasteis a vosotros mismos y a los templarios a la desaparición.

-Ya no existen, mis hermanos ya no existen -replicó el anciano, meneando la cabeza-. Pero la orden vivirá para siempre.

113 caballeros templarios habían sido ya asesinados en la hoguera por los hombres de Felipe. Aquel era el último que quedaba en Francia.

-Es voluntad del rey y de Su Santidad que la Orden sea erradicada, y su nombre sea maldito y caiga en el olvido.

-No le será tan fácil -repuso Molay, tirando torpemente de la túnica deshilachada y mugrienta que era toda su vestidura. La mano huesuda descubrió un hombro escuálido. Allí, cerca del corazón, el anciano había lacerado su carne, dibujando una cruz, la misma que había guiado su espíritu durante los 71 años de su existencia. Había usado el mango de una cuchara hacerlo, afilándolo contra una piedra suelta en la pared de su celda.

El preboste ahogó un quejido de repugnancia al ver aquello. Los bordes irregulares de la herida se habían infectado y estaban llenos de gusanos.

-Felipe y Clemente me matarán, pero no me impedirán morir con la cruz en el lugar donde siempre ha estado -añadió el anciano.

-Sea pues. Morid con la cruz, y que la orden muera con vos -dijo el preboste, haciendo un gesto al verdugo.

El encapuchado arrastró a Molay hasta el poste, alrededor del cual se habían dispuesto haces de madera seca por todas partes excepto donde debían ir los pies del prisionero. Al verlo, el templario pidió al preboste que se acercase.

-Me gustaría morir mirando a Notre Dame.molay-chevauchet

El preboste dio unas cuantas órdenes, y los guardias cambiaron de sentido los haces de leña a regañadientes. Ataron al anciano al poste, y finalmente colocaron algo más de combustible sobre las canillas blanquecinas y llenas de costrones del viejo guerrero.

El verdugo se acercó entonces al lugar donde apilaba sus enseres, y cogió un cubo donde guardaba paja húmeda. Iba a acercarse a la pira con él, pero el preboste le detuvo.

-Dejad eso.

Incluso a través de la capucha de cuero se percibió el desagrado del verdugo. No era un hombre que disfrutase haciendo daño a otros. Había perfeccionado su trabajo para matar con el mínimo dolor posible, y eso incluía la paja húmeda cuando alguien era condenado a la hoguera. El fuego arrancaba gran cantidad de humo de la paja, provocando que el reo se ahogase mucho antes de que el fuego le abrasase la carne.

-Sólo es un viejo inútil -dijo.

-El rey ha dicho que no -zanjó el preboste.

¿Qué terribles delitos había cometido aquel anciano para que la condena fuese tan dura? Ninguno, si hemos de juzgar su proclamación pública de inocencia, lejos de las lancetas y las cuerdas de los torturadores. Pero no eran sus crímenes los que habían enfurecido al Papa Clemente y al Rey Felipe el Hermoso. Era la existencia de los templarios la que significaba una amenaza para los poderes de París y de Avignon, donde estaba entonces la sede de Pedro.
Origen de la orden

Desde que dos siglos atrás nueve cruzados se comprometiesen a salvaguardar a los peregrinos que visitasen Tierra Santa, la orden de los Templarios no había dejado de crecer en poder e influencia. Poco a poco se habían extendido por Europa, y los templarios no combatientes habían librado una batalla distinta con las monarquías del continente. Sabedores de que la auténtica fuerza de una espada está en el brazo que la empuña, y la de este en el estómago que lo alimenta, y la de este en la bolsa que lo llena, habían decidido servir a Dios y a la Orden amasando oro a manos llenas. Inspirados por las prácticas ancestrales de judíos y fenicios, los templarios crearon una forma primigenia de banco, que servía de puente entre los monarcas siempre ávidos de dinero para sus guerras y francachelas de caza. Ello aumentó aún más el poder de la órden, que además era completamente independiente del papado.

Y cuando alguien crece demasiado a su aire, se crea enemigos. Y si además sus deudores tienen el poder para aniquilarlos, pueden caer en la tentación de hacerlo. Y así fue como los monjes guerreros se labraron la inquina del rey Felipe el Hermoso, cuyas deudas eran cada vez mayores y sus posibilidades de saldarlas, más pequeñas. Y del Papa Clemente, que envidiaba la libertad de los templarios y rabiaba porque estos no le apoyasen en las escaramuzas que deseaba librar. Se reunieron y confabularon. Pensaron en una excusa, desde los secretos rituales de iniciación dentro de la Orden, que dicen que incluían escupir sobre la Cruz, hasta los pecados de usura y simonía.

Cualquier cosa que pudiese invertir las simpatías del pueblo por los poderosos y misteriosos templarios, cuyas virginales túnicas blancas y fiereza en el combate despertaban la admiración de los comunes. Aunque si hay algo a lo que el vulgo está más dispuesto que a admirar a un héroe es avilipendiarlo a la mínima ocasión.

Les persiguieron, les arrestaron, les torturaron, les hallaron culpables y les encerraron. Uno a uno, eran vulnerables. Uno a uno, fueron cayendo los guerreros mejor entrenados de la Cristiandad, bajo los perros del rey, campesinos con espada que sólo tenían a su favor el número; pero no la razón, ni la justicia ni el honor.
Corrupción, antes y ahora

Repasar la historia y repasar nuestros titulares del siglo XXI no es un ejercicio demasiado distinto. Entonces y ahora la corrupción en lo alto era y es el pan nuestro de cada día. Entonces y ahora los poderes públicos se doblaban al servicio de quienes carecen de escrúpulos. Pero entonces, además, había un señor con una capucha de cuero que podía atajar el problema de raíz convirtiéndolo en ceniza.

Ya se acerca el verdugo a Jacques de Molay, con la antorcha encendida en la mano. En el amanecer grisáceo, la bola de fuego anaranjado arranca ocasionales tonalidades azuladas del cielo encapotado. El viejo templario, que tiembla de frío y de miedo, casi agradece el calor de la antorcha cuando prende la base de la pira, mandando una engañosa y agradable sensación a sus pies helados.

«Dieu vengera notre mort!», musita el anciano varias veces, como ensayando para sí mismo, antes de tomar aire y repetirlo a gritos. Y su garganta reseca encuentra fuerzas para proclamar su inocencia. La voz cascada se aclara por última vez, y el viejo semidesnudo vuelve a ser un príncipe de la cristiandad. Un gigante poderoso cuya maldición vuela por encima de las cabezas de la gente, espanta a las palomas que anidan entre las gárgolas de Notre Dame, y se alza hacia el cielo para convertir el epitafio en presagio.

«¡Pagarás por la sangre de los inocentes, Felipe, rey blasfemo! ¡Y tú, Clemente, traidor a tu Iglesia! ¡Dios vengará nuestra muerte, y ambos estaréis muertos antes de un año!»

Las llamas muerden los pies del anciano, convirtiendo el final de su proclama en un alarido de dolor, que sella su destino y firma con sangre la maldición. Una maldición que se cumplirá al pie de la letra, pues tanto el Papa como el rey de Francia mueren a los pocos meses. Castigo divino o no, desde ese 19 de marzo de 1314 vivirá para siempre en la imaginación de todos nosotros la leyenda de los valientes y abnegados defensores del Santo Sepulcro, de los monjes que partían a mandoblazos cráneos de sus semejantes sin sentir ni por asomo la ironía: La leyenda de los caballeros templarios.

 

FUENTE : ABC

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LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 7/ 15

Con este fin se crean las Orde¬nes del Temple (1118),de los Caballeros Hospitalarios (1120) y de los Caballeros Teutónicos(1198), aunque éstos sólo actua¬rán fuera de Palestina, en los territorios regados por el Bál¬tico. En 1144, San Bernardo de Claraval, figura señera de la cris¬tiandad que ya se había ocupado de la creación de la orden del Temple, predicó la //Cruzada (1144-1148), que fracasó com¬pletamente. En ella intervinie¬ron el rey Luis VII de Francia y el emperador de Alemania Conrado III Staufen, quienes acometieron el frustrado asedio de Damasco. Durante la III Cruzada (1187) se perdió Jerusalén, aunque se conservaron Jaffa y San Juan de Acre. En ella participaron el rey de Francia Felipe II Augus¬to, el emperador de Alemania Federico I Barbarroja, que mu¬rió ahogado en el Salef mientras se bañaba, y el rey de Inglaterra,
200px-firstcrusade Ricardo Corazón de León, quien guerreó incansablemente contra Saladino, pero cuyo comporta-miento atizó profundas divisio¬nes entre los príncipes cristia¬nos, ante Felipe Augusto y an¬te el emperador Enrique VI, de quienes era vasallo. La gloriosa leyenda de Ricardo Corazón de León (1157-1199) no se corres¬ponde con la realidad de los hechos. Rey de Inglaterra, antepuso siempre sus intereses personales a los del reino. Vasallo del rey de Francia, Felipe Augusto, se enemistó con él en Tierra Santa, por lo que este monarca favoreció luego los intereses de Juan Sin Tierra, hermano de Ricardo, sobre el trono de In¬glaterra. En el mismo orden de cosas, durante el asedio a San Juan de Acre (1191), Ricardo ofendió mortalmente al duque Leopoldo de Austria, pues no tuvo reparo en apartar el estandarte que el austriaco había clavado en los muros de la ciudad para colocar el suyo propio.

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LA ENIGMATICA ORDEN DEL TEMPLE 6 / 15

La regla primitiva constaba de un acta oficial del Concilio y un reglamento de 75 artículos, entre los que se encontraban algunos como el Artículo X: ”Del comer carne en la semana. En la semana, si no es en el día de Pascua de Natividad, o Resurrección, o festividad de nuestra Señora, o de Todos los Santos, que caigan, basta comerla en tres veces, o días, porque la costumbre de comerla, se entiende es corrupción de los cuerpos. Si el Martes fuere de ayuno, el Miércoles se os dé con abundancia. templarios1En el Domingo, así a los Caballeros, como a los Capellanes, se les dé sin duda dos manjares, en honra de la santa Resurrección; los demás sirvientes se contenten con uno, y den gracias a Dios”.

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LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 2/15

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 2/15

Wolfram von Eschenbach (Eschenbach, actual Baviera, 1170 – 1220) fue un caballero y poeta alemán, reconocido como uno de los mayores poetas épicos de su tiempo. Como Minnesinger, también compuso poesía lírica. Nació en una familia noble y perteneció a la corte de Hermann de Turingia. Su máximo logro poético lo obtuvo con la célebre epopeya Parzival, de 25 000 versos rimados, cuyo tema procede del Perceval o el cuento del Grial francés, de Chrétien de Troyes. Eschenbach convirtió el poema en una verdadera epopeya, en la que el héroe asume el sentimiento de culpa propiciado por sus acciones desmedidas, iniciando posteriormente la búsqueda de la gracia mediante un camino de noble penitencia.

Es éste el trasfondo básico que, ya en el siglo XIX, Wagner recogería para componer su famosa ópera del mismo nombre,Parsifal. Compuso diversas poesías líricas de tradición cortesana, así como dos epopeyas más, ambas inacabadas: Titurel, dedicada al tema de la fidelidad, y Willehalm, sobre el personaje de Guillermo de Aquitania. En su obra se observa gran admiración al conocimiento basado en la experiencia y una crítica a la erudición obtenida sólo a través de la lectura. Este trovador alemán, este Minnesänger, es una pieza clave para encumbrar el mito de Parzival. Fue de los más importantes trovadores de Wartburg y sus obras fueron muy apreciadas. Al parecer, fue un caballero a la manera de Ramón Llull. No se sabe a ciencia cierta cuándo nació, pero se cree que a finales del siglo XII. Su patria natal fue Baviera y Eschenbach su pueblo. Vivió gran parte de su vida en Ansbach. Su pueblo natal recibió hace poco el nombre de Wolframs-Eschenbach en su memoria, y se le erigió un monumento.

Lo más curioso es que Wolfram von Eschenbach no sabía ni leer ni escribir. Al parecer se hacía leer las obras y poseía una prodigiosa memoria. Era una mezcla de caballero medieval, poeta, monje y guerrero, «reunía en su persona elementos caballerescos y populares, laicos y eclesiásticos; tenía por única riqueza el arte que le dio Dios por única fuente de sustento, el canto; respiran sus poemas la fresca atmósfera del bosque y de las montañas». Se supone que concibióParzival a principios del siglo XIII en el castillo de Wartburg —mítica cuna de poetas y trovadores— y lo finalizó en 1215. En este castillo, donde estos maestros cantores, cuyas tres reglas principales, Dios, su señor y la mujer amada, constituían la fuente de su inspiración, Eschenbach compuso su obra.

Pues él fue el príncipe de los trovadores, junto con Walther von der Vogelweide y Heinrich Tannhäuser. Richard Wagner lo inmortalizó en su obra Tannhäuser, mostrándolo como piadoso y compasivo, caballeresco y máximo exponente de la Renuncia. Algunos han visto en su obra visiones mágicas y lazos esotérico-místicos. Se dice que Parzival revela gran control intelectual, una tendencia cognoscitiva, alquímica y mágica. Eschenbach es un guerrero nato, un guerrero Minnesänger de la guerra esotérica. Eschenbach habla del Grial como una fuente de poder de la que emana riqueza y abundancia sin límites, un objeto tan solemne, que en el Paraíso no hay nada más bello, el todo perfecto donde nada falta y que era al mismo tiempo racimo y flor.

 Chrétien de Troyes (1135 –1190) fue un poeta de la corte de Champagne. Se dice que es el primer novelista de Francia y, según algunos, el padre de la novela occidental. Se conoce muy poco sobre su vida. Se supone que nació en Troyes y estudió lenguas clásicas, incluido el griego. Antes de entrar en una orden monástica, se orientó, gracias a su precoz talento o a algún protector de fortuna, a una carrera como clérigo en la Corte de María de Francia, quien le habría encargado algunas obras, y, más tarde, a la de Felipe de Alsacia, conde de Flandes, a quien está dedicado Perceval o el cuento del Grial. Fundamentándose en su nombre Chrétien, algunos creen que era un judío converso, tesis defendida por Philippe Walter. Sus narraciones transparentarían así una inspiración cabalística. Según otros su inspiración deriva del catarismo. Sea como fuere, sus orígenes, sin duda modestos, permanecen oscuros.

Su fuente de inspiración se encuentra en la tradición celta y en las leyendas bretonas (la llamada matière de Bretagne, en castellano materia de Bretaña). Pero él confiere a estos materiales una dimensión cristiana nueva, fuertemente impregnada por los cantares de gesta en lengua d’oil de la segunda mitad del siglo XII. El secreto de su arte reside en su capacidad de operar, según sus mismas palabras, la buena conjointure, esto es, la alianza sabiamente dosificada entre la forma y el fondo. Considerado como uno de los primeros autores de libros de caballerías, donde mito y folklore se unen admirablemente para formar narraciones de encuesta, restringe el recurso a los elementos sobrenaturales, que él subordina a la descripción refinada de los sentimientos humanos, e incluso a la denuncia de iniquidades o injusticias sociales.

Es uno de los iniciadores de la literatura cortesana en Francia, aunque rinde cuentas al deseo y la sexualidad, al encuentro de los autores que desarrollaron el género tras su muerte. Cinco de sus novelas han llegado hasta nosotros: Érec et Énide,Cligès, Lancelot ou le Chevalier de la charrette, Yvain ou le Chevalier au Lion, Perceval ou le Conte du Graal. Guillaume d’Angleterre, novela que le es a veces atribuida, es de autenticidad dudosa. Lancelot e Yvain aparecen como sus novelas más célebres y complementarias, tanto por su tema como por su factura. Chrétien de Troyes las habría compuesto hacia 1175. En la primera, trata de la oposición moral entre el sentido del honor y la pasión adúltera; en la segunda, de la dificultad de conciliar la aventura caballeresca y el amor conyugal. De forma muy original, las intrigas de estas dos novelas se van entrelazando y el narrador no necesita enviar al lector de una a la otra. Habiendo inspirado a numerosos poetas en toda Europa, Chrétien de Troyes puede ser considerado como uno de los creadores de la novela medieval, sobre todo por la riqueza de sus obras y por la psicología compleja de sus personajes. Su genialidad e inventiva es notable, fue el primer autor en escribir sobre el Grial en una novela. Su larga notoriedad en una Europa medieval, donde los clérigos permanecen muy a menudo anónimos, subraya el valor excepcional de su talento y creatividad. La temática gira alrededor del ciclo bretón o leyenda del Rey Arturo y sus caballeros de la Mesa Redonda. Es muy probable que haya conocido la Historia de los reyes de Britania, de Godofredo de Monmouth y que la obra le haya servido de fuente de inspiración.

 Aunque tradicionalmente se crea que el Grial fue la copa empleada por Jesús antes de ser sacrificado, o incluso el recipiente empleado por José de Arimatea para recoger la sangre del Mesías en la cruz, este objeto no se cita específicamente en ningún pasaje de la Biblia y no comenzará a hablarse de él hasta bien entrado el siglo XII. Graham Hancock, un escritor experto en enigmas históricos, avanzó en 1993 la hipótesis de que aquellas primeras alusiones al Grial de De Troyes y Von Eschembach escondían en realidad una clara referencia al Arca de la Alianza.

Según explicó Hancock en su ensayo Símbolo y Señal, el hecho de que ambos poetas se refirieran al Grial como una losa podría estar haciendo alusión al contenido sagrado del Arca: las Tablas de la Ley. Hancock, además, encontró abundantes referencias iconográficas al Arca de la Alianza en las primeras catedrales góticas construidas en los alrededores del Condado de Champagne a partir del siglo XII. Capiteles, estatuas y vidrieras de Chartres, Amiens, París o Reims aludían al Arca y a su salida del Templo de Salomón, como si los constructores de estos templos supieran a dónde fue a parar tan codiciada reliquia. ¿Pero quiénes fueron esos constructores? Increíblemente, tampoco sabemos demasiado de ellos.

Surgen en las tierras del conde Hugo poco después del regreso de los primeros templarios de Jerusalén y manejan técnicas de construcción inusitadas para un tiempo en que la arquitectura se reducía al tosco y monolítico arte románico. Aún así, después del año 1000 Europa vivirá un fervor constructivo sin precedentes: en apenas trescientos años -entre 1000 y 1300- se levantaron “todas las catedrales, monasterios e iglesias mínimamente importantes que hay en Francia“, dice Louis Charpentier en su obra Los misterios templarios. Los números son impresionantes: son 1.108 las abadías construidas a partir de 950, a las que en el siglo siguiente se sumarán 326, y otras 702 durante la centuria posterior.

Esta última expansión coincide, curiosamente, con algunos de los privilegios que se conceden a la Orden, cuando una bula papal de 1163, conocida como Omne Datum Optimun, otorga a los templarios la capacidad de conservar íntegros los botines capturados a los sarracenos, les exime de pagar el diezmo por sus propiedades aunque podrán recibirlo de otros, les facilita tener sus propios capellanes -impidiendo que nadie externo a la Orden controlara sus movimientos- y les permite incluso construir sus propias capillas e iglesias. De hecho, no en vano algunos historiadores creen que tras la financiación y diseño de las primeras catedrales góticas se encontraban los templarios.

Sólo así se explica la aparición de una técnica constructiva con elementos tan innovadores -a la vez que arabizados- como el arco ojival, o la inclusión de complejos cálculos matemáticos y físicos en la ejecución de unas obras en piedra que parecían desafiar a la gravedad. Pero, de ser cosa de los templarios, ¿de dónde obtuvieron los conocimientos necesarios para ese nuevo modelo de arquitectura? Según Javier Sierra, las Tablas de la Ley no son las primeras piedras inscritas que entrega una antigua divinidad a los humanos. Mucho antes de que Moisés recibiera en el Sinaí tan valioso documento, el dios de la sabiduría egipcio Tothentregó a los hombres unos textos -las “tablas esmeralda“- en los que se contenían “todos los secretos del cielo y la tierra“. Imhotep, el arquitecto que se supone construyó la primera pirámide durante el reinado del faraón Zoser de la III Dinastía, se dice que recibió los planos de su edificio en una de esas tablas.

Es más, la idea de las mismas se helenizó con la llegada de los faraones ptolemáicos al país del Nilo, convirtiendo a Toth enHermes Trismegisto, y acuñando el mito del saber inscrito en piedra de forma tan profunda que hasta el Renacimiento llegarán los buscadores de esas “tablas esmeralda“. No es, por tanto, demasiado osado establecer una relación entre las piedras de Toth y las tablas de Moisés, sobre todo si pensamos que éste último, si hemos de creer lo que dice la Biblia, fue príncipe de Egipto. Además, de esa forma se explicarían las conexiones arquitectónicas, de proporciones matemáticas y hasta de distribución que existen entre algunos templos del Antiguo Egipto y las catedrales de los templarios. Y sigue diciendo Javier Sierra que su investigación en este terreno ya ha arrojado sus primeros resultados. 

La existencia de un “saber religioso” nacido en Egipto y adoptado por los constructores de catedrales se demuestra en los paralelismos existentes entre ciertas imágenes del Libro de los Muertos y la estatuaria de los tímpanos de algunos de estos recintos cristianos. En arquitectura, se denomina tímpano al espacio delimitado entre el dintel y las arquivoltas de la fachada de una iglesia o el arco de una puerta o ventana. También es el espacio cerrado delimitado dentro del frontón en los templos clásicos. Se encuentra en el Antiguo Egipto en la primera mitad del siglo III a.C. Más tarde se encuentra en la arquitectura griega, luego en la cristiana y en la arquitectura islámica. El tímpano se presenta decorado con relieves como ocurre en los templos griegos, donde solía contener escenas mitológicas, o en las iglesias y catedrales del románico y del gótico, en las que solía contener escenas y motivos religiosos.

Según Javier Sierra, en Vézelay o en la catedral de Notre Dame de París, pueden verse en sus tímpanos principales una escena del llamado “Juicio Final” en la que un ángel pesa el alma de los difuntos y decide si condenarlos a ser engullidos por un monstruo con cabeza de cocodrilo o enviarlos al descanso eterno. Pues bien, el “Libro de los Muertos” egipcio -un texto que se cree tiene más de 5.000 años de antigüedad- describe cómo el dios Anubis pesa el alma del faraón en una balanza y decide si salvarlo o condenarlo a ser devorado por una criatura con cabeza de cocodrilo y cuerpo de león. ¿Casualidad? ¿Una improbable coincidencia de conceptos barajada por artistas de tiempos y estilos bien distantes? ¿O tal vez fruto de una transmisión de conocimiento del que los templarios fueron sus últimos depositarios?

Los primeros en construir monumentos imitando la disposición de ciertas estrellas fueron los egipcios. Las tres grandes pirámides de la meseta de Gizeh, en El Cairo, imitan la disposición de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Una constelación que para los faraones era la contrapartida celestial del dios Osiris. Los llamados Textos de las Pirámides lo explican: porque esas tres estrellas eran lo que llamaban el Duat, la “puerta celeste” a la que debía dirigirse el alma del faraón muerto antes de entrar al más allá. Ellos creyeron que imitando esa “puerta” en el suelo podían preparar mejor su viaje al Más Allá. Si tomamos las primeras grandes catedrales góticas -Amiens, Chartres, Reims, Bayeaux y Evreux- y las situamos sobre un mapa de Francia, veremos que la figura resultante recuerda la forma de la constelación de Virgo. Quizá eso explique porque todos estos templos se consagraron a la Virgen, pero desde luego parece tener que ver con una idea del templo sagrado que nos remite a época de las pirámides.

 

Es más, la idea de las mismas se helenizó con la llegada de los faraones ptolemáicos al país del Nilo, convirtiendo a Toth enHermes Trismegisto, y acuñando el mito del saber inscrito en piedra de forma tan profunda que hasta el Renacimiento llegarán los buscadores de esas “tablas esmeralda“. No es, por tanto, demasiado osado establecer una relación entre las piedras de Toth y las tablas de Moisés, sobre todo si pensamos que éste último, si hemos de creer lo que dice la Biblia, fue príncipe de Egipto. Además, de esa forma se explicarían las conexiones arquitectónicas, de proporciones matemáticas y hasta de distribución que existen entre algunos templos del Antiguo Egipto y las catedrales de los templarios. Y sigue diciendo Javier Sierra que su investigación en este terreno ya ha arrojado sus primeros resultados.

La existencia de un “saber religioso” nacido en Egipto y adoptado por los constructores de catedrales se demuestra en los paralelismos existentes entre ciertas imágenes del Libro de los Muertos y la estatuaria de los tímpanos de algunos de estos recintos cristianos. En arquitectura, se denomina tímpano al espacio delimitado entre el dintel y las arquivoltas de la fachada de una iglesia o el arco de una puerta o ventana. También es el espacio cerrado delimitado dentro del frontón en los templos clásicos. Se encuentra en el Antiguo Egipto en la primera mitad del siglo III a.C. Más tarde se encuentra en la arquitectura griega, luego en la cristiana y en la arquitectura islámica. El tímpano se presenta decorado con relieves como ocurre en los templos griegos, donde solía contener escenas mitológicas, o en las iglesias y catedrales del románico y del gótico, en las que solía contener escenas y motivos religiosos.

Según Javier Sierra, en Vézelay o en la catedral de Notre Dame de París, pueden verse en sus tímpanos principales una escena del llamado “Juicio Final” en la que un ángel pesa el alma de los difuntos y decide si condenarlos a ser engullidos por un monstruo con cabeza de cocodrilo o enviarlos al descanso eterno. Pues bien, el “Libro de los Muertos” egipcio -un texto que se cree tiene más de 5.000 años de antigüedad- describe cómo el dios Anubis pesa el alma del faraón en una balanza y decide si salvarlo o condenarlo a ser devorado por una criatura con cabeza de cocodrilo y cuerpo de león. ¿Casualidad? ¿Una improbable coincidencia de conceptos barajada por artistas de tiempos y estilos bien distantes? ¿O tal vez fruto de una transmisión de conocimiento del que los templarios fueron sus últimos depositarios? 

Los primeros en construir monumentos imitando la disposición de ciertas estrellas fueron los egipcios. Las tres grandes pirámides de la meseta de Gizeh, en El Cairo, imitan la disposición de las tres estrellas centrales de la constelación de Orión. Una constelación que para los faraones era la contrapartida celestial del dios Osiris. Los llamados Textos de las Pirámides lo explican: porque esas tres estrellas eran lo que llamaban el Duat, la “puerta celeste” a la que debía dirigirse el alma del faraón muerto antes de entrar al más allá. Ellos creyeron que imitando esa “puerta” en el suelo podían preparar mejor su viaje al Más Allá. Si tomamos las primeras grandes catedrales góticas -Amiens, Chartres, Reims, Bayeaux y Evreux- y las situamos sobre un mapa de Francia, veremos que la figura resultante recuerda la forma de la constelación de Virgo. Quizá eso explique porque todos estos templos se consagraron a la Virgen, pero desde luego parece tener que ver con una idea del templo sagrado que nos remite a época de las pirámides.

 

Ciertos grupos musulmanes, como los yezidís, construyeron en Irak templos imitando la forma de la Osa Mayor. En Angkor Wat, Camboya, el conjunto de templos del lugar parece que pretendió imitar la constelación del dragón. Es decir, fue una idea que se extendió por África, Asia y Europa pero que nadie hasta hoy parece haber “visto“. Ha sido necesario que arqueólogos y astrónomos amateurs se dieran cuenta de esas similitudes para que otros comenzaran a estudiarlas. La antigua religión egipcia y el cristianismo no tienen tantas divergencias como parece. Ya San Agustín decía que los egipcios eran el pueblo que más fe tenía en la resurrección de la carne, como lo demuestran sus momias. Hasta ambos credos tienen sus propias cruces como símbolo de vida o renacimiento. Por no hablar de que el propio dios Osiris volvió a la vida tres días después de ser sacrificado por culpa de alguien de confianza.

 

En Tierra Santa los templarios no sólo encuentran al infiel contra el que combatir, sino un marco adecuado para entrar en contacto con las doctrinas y fi­losofías propias de las civiliza­ciones de Asia Menor y Oriente. Así ocurre, en efecto, a decir de muchos autores, que suponen a los caballeros del Temple un conocimiento y una hermandad deliberada con sufíes y más tar­de cabalistas e incluso ashashins. Esta teoría, que se basa en un sincretismo entre las religio­nes monoteístas fundamenta­les y sus respectivas tradiciones esotéricas —en las que coincide el fondo—, hace sospechar a muchos, que los acusan de haberse contaminado, de seguir conduc­tas permisivas con la religión de los infieles, precisamente con todo lo que están llamados a erradicar. Estas sospechas to­marán cuerpo de nuevo y con más fuerza durante el proceso de 1307, aunque, al decir de al­gunos, son infundadas, pues los templarios demuestran ser, a lo largo de su historia, mayoritariamente un «grupo de fanáticos» incapaces de comprender determinados problemas teológicos en cuestiones de matiz espiritual.

Se bastan a sí mismos con la re­gla, en francés, pues muchos ni siquiera conocen el latín, cosa propia de la gente de armas del Medioevo y de la baja nobleza, que despreciaba la cultura y ve­neraba la espada, con el culto a Nuestra Señora, de la que tan devota es la orden por influencia benedictina y con sus misas pri­vadas. Lo que muchos historiadores no contemplan cuando se refie­ren a los templarios es que, de haber existido secreto alguno, una regla secreta y una ordendetrás de la orden, estos mis­terios no habrían obrado en co­nocimiento de muchos, sino de unos pocos: los iniciados. Se habla de cere­monias iniciáticas, de extrañas conductas. ¿Acaso no hay escalafones en todas las órdenes se­cretas? ¿No hay jerarquías en las cofradías francmasónicas y en las órdenes militares, en las compañías religiosas? La Orden puede perfectamente ocultar lo que deseen sus altos cargos, por­que es poderosa y se relaciona directamente con los poderosos de la Tierra. ¿Conocía el caballero, por más que asistiera éste de vez en cuando a ceremonias, los profundos motivos de la Orden para apoyar ora al emperador, ora al papa? ¿Sostienen a los cataros —como creen muchos— duran­te la cruzada de exterminio, mientras fingen fidelidad a la Iglesia? 

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LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 1/15

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 1/15
 

 

Tres de las más importantes sociedades secretas surgieron públicamente en el siglo XII. Todavía existen hoy y tienen entre sus miembros los principales personajes de la política mundial, la banca, los negocios, los militares y los medios de comunicación. Eran los Caballeros Templarios, los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén y los Caballeros Teutónicos.

 

Los Caballeros Hospitalarios han cambiado su nombre varias veces. Han sido los Caballeros de Rodas y hoy son los Caballeros de Malta en su forma católica y su versión protestante es conocida como los Caballeros de San Juan de Jerusalén. Como los Caballeros de Malta, su cabeza oficial es el Papa y sus oficinas centrales están en Roma.

Asimismo, los Caballeros de San Juan están ubicados en Londres y su cabeza oficial es el Rey o Reina de Inglaterra. Las versiones, católica y protestante, son la misma organización al más alto nivel. Los Caballeros Templarios fueron constituidos aproximadamente al mismo tiempo, en 1118, aunque podría haber sido al menos cuatro años antes. Y fueron primero conocidos como los Soldados de Cristo. Los Templarios están rodeados de misterio y contradicción, pero es conocido que dedicaron la orden a la “Madre de Dios“. Los Caballeros Templarios promovieron una imagen cristiana como una cobertura y por tanto la Madre de Dios se pensó que era María, la madre de Jesús. Pero para las sociedades secretas el término la Madre de Dios simboliza a Isis, la virgen madre del Hijo de Dios egipcio, Horus, y la esposa del dios del Sol, Osiris, en la leyenda egipcia. Pero veamos la historia de esta organización.

 
 
 La peregrinación segura a los lugares santos era una de las razones de las Cruzadas, y los peajes de ruta eran la principal fuente de ingresos para el recién constituido Reino Cristiano de Jerusalén. Los peregrinos acudían a diario a Tierra Santa, llegando solos, por parejas, en grupos o, a veces, como enteras comunidades desarraigadas. Desgraciadamente, los caminos no eran nada seguros. Los musulmanes permanecían al acecho, los bandidos vagaban libremente, incluso los soldados cristianos constituían una amenaza, ya que el pillaje era, para ellos, una forma normal de proveerse. Hay varios escritores que han escrito interesantes obras sobre los templarios, tales como Fernando Diez Celaya, Javier Sierra, Robert Ambelain, Juan Atienza. Lynn Picknett y Clive Prince, entre otros. Para este artículo me he basado parcialmente en las obras de estos autores, sobre todo en la obra “Los Templarios”, de Fernand

o Diez Celaya.

Según Juan Atienza, todas las noticias que tenemos de estos monjes guerreros vienen, con muy pocas excepciones, de su tierra originaria. Los investigadores franceses han entrado a saco en la orden, la han desmenuzado, la han transformado a su imagen y semejanza, y la han convertido en materia de uso prácticamente exclusivo. Sin embargo, los templarios fueron, de hecho, una especie de compañía multinacional esotérica, que había nacido de padres franceses muy lejos de Francia -en Jerusalén- y que se extendió rápidamente, en la medida de sus fuerzas y del tiempo que se les concedió, por todo el mundo conocido y hasta, en parte, por ese otro mundo que aún estaba por conocer. La península ibérica y las islas que forman parte de su territorio nacional fueron una de sus metas; en apariencia simples metas de poder económico y territorial. Pero, si nos detenemos a meditar en la circunstancia templaria, tenemos que preguntarnos: ¿fueron únicamente eso? la presencia templaria no fue sólo un acontecimiento político, guerrero o religioso -a nivel de religión oficial, se entiende-, sino una eclosión de auténtico esoterismo institucionalizado, que se cubrió, mientras pudo, de apariencias ortodoxas, mientras en la intimidad y en el secreto de las bailías y encomiendas se fraguaba una postura distinta que, a través de la influencia política y de la capa de obediencia a las instituciones religiosas y al papa, buscaba nada menos que otro saber. Y, a través de él, otro poder también, porque en la historia de la eterna búsqueda del hombre por el conocimiento se esconde -¡siempre!- un ansia de poder que coloque al que sabe por encima del que ignora. Saber y poder han marchado siempre unidos en la historia desconocida del hombre. Y, en este sentido, los templarios constituyen un ejemplo que pervive, aunque el tiempo y sus detractores hayan hecho secularmente todo lo posible por borrarlos del recuerdo.

 

El trovador Albrecht Von Johannsdorf canta: «Me he hecho cruzado por Dios (…). Que Él me cuide para que vuelva, pues una dama tiene gran pena por mí (…). Pero si ella cambia de amor, que Dios me permita morir». Y el emperador Enrique VI en un rapto de amor cortés: «Saludo con mi canción a mi dulce amada / a la que no quiero ni puedo abandonar», versos que sin duda no dedicó a su esposa, la reina Constanza de Sicilia, a cuya familia mandó asesinar ante sus propios ojos. Hugues de Payans, el primer gran maestre del Temple, es se­ñor feudal de un territorio cer­cano a Troyes y está emparen­tado con los condes de Champagne; André de Montbard, uno de los nueve caballeros, es tío del propio San Bernardo. Y San Ber­nardo, como sabemos, esel abad fundador de la abadía de Cla­raval, perteneciente a la orden del Císter (y de otras 343 casas abaciales), orden que hasta la fundación del Temple era refu­gio de caballeros y trovadores cuando éstos, hastiados de las pasiones del siglo, se retiraban a la vida contemplativa y recoleta de sus claustros, con su divisa ora et labora.

El movimiento renovador del Císter, apoyado en las abadías de Claraval, Citeaux. La Ferté. Pontigny y otras, recabó consi­derable poder y autoridad y des­bancó a la antaño todopoderosa Orden de Cluny, de la que pro­cedía y cuya regla enmendaba, en un intento por regresar a las fuentes primigenias de la po­breza benedictina, sobre todo durante la titularidad de San Es­teban Harding (1109-1134) co­mo abad de Citeaux, quien en­cargó a sus monjes la ardua ta­rea de descifrar y estudiar los textos sagrados hebraicos halla­dos en Jerusalén, después de la toma de la ciudad en 1095, con ayuda de los sabios rabinos de la Alta Borgoña. El Císter participó en la fundación de la Orden del Temple y también en la creación de las Órdenes militares de Calatrava (1164), Alcántara (1213) y Aviz (1147), que, curiosamente, he­redarían y serían, pese a todo, continuadoras del Temple tras su proscripción. Los privilegios de la Orden del Císter encierran una fórmu­la que empleaban los caballeros templarios y en la que el neófito postulante, admitido a la orden, jura, además de los extremos re­lacionados con la fe, obediencia al gran maestre, defender a la Iglesia católica y no abandonar el combate aun enfrentado a tres enemigos. Y, por su parte, el juramento de los maestres templarios afirma, «según los estatutos prescritos por nuestro padre san Bernardo», que «ja­más negará a los religiosos, y principalmente a los religiosos del Císter y a sus abades, por ser nuestros hermanos y com­pañeros, ningún socorro…». Esta frase da pie a algunos es­tudiosos (Charpentier entre ellos) para afirmar que el Tem­ple fue, en puridad, una hechura completa de la Orden del Císter y de san Bernardo en particular, quien encargó a hombres de su confianza, los nueve caballeros, una misión especial y secreta.

Esta misión ponía en juego el poder de la propia orden —que, curiosamente, a los pocos años resultó ser tan poderosa y acau­dalada como la orden cluniacense que se había pretendido reformar mediante la pobreza—, perseguía al parecer el descu­brimiento de secretos milena­rios, como el paradero del arca de la alianza o del santo grial, y pu
do ser la responsable directa de la aparición del arte gótico en Francia. Por desgracia, el mis­terio que ha envuelto desde siempre a la Orden del Templo de Salomón no ha arrojado luz alguna sobre estas hipótesis.

 

De manera que cuando un caballero de la Champagne, Hugo de Payens, fundó con otros ocho caballeros una orden monástica de hermanos combatientes dedicada a facilitar el tránsito seguro de los peregrinos, la idea recibió una amplia aprobación. Balduino II, que gobernaba Jerusalén, concedió a la nueva orden refugio bajo la mezquita de Al Aqsa, un lugar que los cristianos creían que era el antiguo Templo de Salomón, de manera que la nueva orden tomó su nombre de su cuartel general: los Pobres Compañeros Soldados de Cristo y el Templo de Salomón de Jerusalén. La hermandad inicialmente se mantuvo pequeña. Cada caballero formulaba votos de pobreza, castidad y obediencia. No poseían nada individualmente. Todos sus bienes terrenales pasaban a ser de la orden. Vivían en comunidad y tomaban su comida en silencio. Se cortaban el pelo muy corto, pero se dejaban crecer la barba. Obtenían la comida y la ropa de la caridad, y el modelo de su monasterio procedía de san Agustín. El sello de la orden era particularmente simbólico; dos caballeros subidos a una sola montura… una clara referencia a los días en que los caballeros no podían permitirse su propio caballo. Una orden religiosa de caballeros combatientes no era, según la mentalidad medieval, una contradicción. Por el contrario, la nueva orden apelaba tanto al fervor religioso como a la proeza marcial. Su creación resolvía también otro problema —el reclutamiento de soldados—, ya que proveía una presencia constante de luchadores de confianza.

«No es coincidencia que la mayor orden de caballería de la historia sea el Toisón de Oro. Con lo que queda claro lo que esconde la expresión Castillo. Es el castillo hiper­bóreo donde los templarios custodian el Grial, probable­mente el Monsalvat de la leyenda» (Umberto Eco, El péndulo de Foucault). El misterio ha envuelto desde siempre las auténticas motiva­ciones que surgieron en el ám­bito político y religioso europeo del siglo XII para que determi­nadas instancias de poder deci­dieran la creación de una orden militar y religiosa a la vez, tan compleja en su trayectoria y tan desmedidamente poderosa en el corto lapso de medio siglo co­mo la Orden del Templo de Sa­lomón. En el contexto de los avalares sociopolíticos de este siglo y de los que siguieron, destacan im­portantes figuras que estuvie­ron en relación con la orden, que la favorecieron abiertamente, que la apoyaron desde una clan­destinidad sorprendente —pues se trata de un apoyo que se pro­dujo antes y después de su in­terdicción—, que colaboraron en su engrandecimiento y quizá después en su caída y ruina, o que la combatieron sin ambages desde su fundación. Desde san Bernardo de Claraval, su presunto fundador, a Inocencio III o Clemente V; des­de el emperador Federico II Hohenstaufen al rey de Francia Felipe IV el Hermoso, pasando por los reyes trovadores, los condes-reyes templarios catalano-aragoneses, los condes de Provenza, los sultanes de Egipto o los reyes de Jerusalén: todos ellos se interesaron por los tem­plarios, por su sabiduría, sus se­cretos y su poder, basado muy en parte en su floreciente eco­nomía.

 

Bernardo (1090-1153), funda­dor y primer abad de Claraval (Clairvaux, Francia), doctor de la Iglesia, ardoroso predicador de la II Cruzada, está conside­rado por muchos el verdadero fundador e inspirador de la orden. De hecho, su texto De laude novae militiae está dedicado a ana­lizar las dificultades y contra­dicciones de una orden militar como la templaría, que pretende ser, por un lado, religiosa —y, por tanto, dedicada a la oración y a la compasión— y, por otro, militar —abocada a la guerra y al homicidio—. Pero ya el santo varón se encarga de dejar claros los conceptos de homicidio pe­nado y homicidio en nombre de Cristo, lo que disculpa e incluso ensalza. Éste es el fundamento de la «guerra santa», que tan conocida es en su versión musulmana. De cualquier forma, la figura de Bernardo se presenta como impulsor de la nueva orden y su carácter enérgico y decidi­do consigue que el proyecto sea aprobado y reconocido, para bien de la cristiandad, que ne­cesita de los esfuerzos de estos milites Christi, «soldados de Cristo», un término ya contro­vertido en la propia época de la fundación de la orden, pues no en vano se alzan numerosas voces, sorprendidas por este nuevo ejército militante que no tiene reparo en recurrir a la espada para defender la fe por medio de la sangre. Hay que tener en cuenta que, hasta el momento, los enfrentamientos entre am­bas religiones —el cristianismo y el islam— habían sido diri­midos mediante pacíficos acuer­dos, allí donde coexistían ambas religiones, o mediante métodos más expeditivos —en cuestio­nes fronterizas o entre reinos—. Pero nunca se había visto que monjes profesos no tuvieran re­paro en acudir a las armas pa­ra solventar las diferencias con otras religiones. Esto sentaba un peligroso precedente y creaba un vacío legal en la aplicación de la doctrina católica. Si los siervos de Cristo podían recurrir a la espada con toda impunidad, te­niendo incluso el Paraíso por re­compensa, como sucedía con los integrismos musulmanes o los primitivos cultos ger­mánicos, se violaba flagrantemente la ley mosaica.

De este modo, se santifica la guerra y la muerte violenta del enemigo, aunque san Bernardo trate de aclarar que «se trata de enfrentarse sin miedo a los enemigos de la cruz de Cristo», sin pararse a pensar que es precisamente Cristo el que renun­cia, con su ejemplo personal, se­gún los Evangelios, a utilizar la violencia de las armas contra los enemigos de la fe. Pese a la postura tan ortodoxa y tan en consonancia con la doc­trina oficial de San Bernardo, no en vano doctor Ecclegiae,no fal­tan autores que sospechan in­tereses y motivaciones ocultas en su actuación y, quizá con exceso de imaginación, lo con­vierten en el misterioso abad de secreta conducta que, apa­rentemente hijo predilecto de la Iglesia romana, realiza toda una labor de zapa para, solapada­mente, crear una orden de mon­jes-soldados cuyos estatutos les posibiliten poco a poco una in­dependencia inusitada de la je­rarquía eclesiástica. Monjes su­jetos tan sólo al fallo del papa en última instancia y de c

uya obediencia se pudieran desligar en un futuro gracias al inmenso poder de la orden, económico y, por tanto, también político y so­cial. De ser cierto esto, Bernardo habría sido el artífice de un po­deroso movimiento basado en postulados ideológicos y religio­sos precristianos, encaminado a desarrollarse en el seno de la cristiandad, precisamente con el único fin de acabar con la he­gemonía de ésta y de acelerar el advenimiento del Reino de los Mil Días que la Biblia preconiza.

Pero, más allá de las especu­laciones, la doctrina y la figura de san Bernardo se conforman puntualmente a los patrones tradicionales de obediencia a la Iglesia, como demuestran sus escritos, pese a que en ciertas ocasiones tome la pluma para enmendar la conducta de algún pontífice. Bernardo es, ante to­do, un hombre de iglesia, de­voto y estricto, que quizá no lle­ga nunca a sospechar el poder inmenso y los tortuosos caminos que recorrerán dos siglos más tarde sus hijos predilectos, los milites Christi, los soldados del Templo de Salomón a los que ha prestado todo su apoyo y es­fuerzos. La historia se perfila en 1118. Jerusalén está ya en manos cristianas, y dos órdenes militares de reciente creación -los Hospitalarios (1110) y los Teutónicos (1112)- se encargan eficientemente de proteger los Santos Lugares de cualquier intento de recuperación por parte de los árabes. Pues bien, justo por aquel entonces el conde Hugo de Champagne, uno de los hombres más influyentes de Francia, poseedor de más tierras y siervos que el propio Rey, recluta a nueve hombres de su absoluta confianza para cumplir una extraña misión.

 

El conde tiene 41 años, ha viajado en varias ocasiones a Tierra Santa participando en la Cruzada que conquistó esos territorios en 1099, y muestra un especial interés en que sus caballeros se establezcan en la Jerusalén cristiana. El entonces rey de la Ciudad Santa, Balduino II, les cederá sin demasiadas contemplaciones la plaza más importante del burgo: el recinto de la Cúpula de la Roca. Los musulmanes habían edificado en aquel solar una suntuosa mezquita, levantándola justo sobre el emplazamiento donde un día estuvo el sancta sanctórum del Templo de Salomón, y bajo la cual dejaron al descubierto una gran roca que la tradición asegura que había sido el lugar en el que Abraham, siguiendo órdenes de Dios, había querido sacrificar a su hijo Isaac. Pero aquella roca significaba mucho más.

Para los árabes, justo sobre aquel suelo de piedra había descendido una misteriosa “escala divina” por la que el profeta Mahoma había logrado ascender en cuerpo y alma a los cielos. Fue aquel un viaje santo en el que dicen que el profeta comprendió la estructura de la creación por gracia del propio Alá, convirtiendo la ciudad en el tercer lugar santo del Islam después de La Meca y Medina. El relato, idéntico en muchos aspectos al que la Biblia atribuyó siglos antes a Jacob -que también contempló otra de esas “escaleras al cielo” camino de Harrán (Génesis, 28)-, debió excitar la imaginación de los cruzados. Si aquella roca era lo que decían los infieles, allí debía esconderse una especie de “mecanismo” capaz de conectar cielo y tierra. Una especie de “ascensor” sobrenatural al reino de Dios. Fuera o no por esa razón, lo cierto es que los templarios se asentaron en la Roca -Haram es-Sharif la llaman los árabes- entre 1118 y 1128. Su misión: proteger el lugar y las rutas de los peregrinos que quisieran alcanzarla como meta espiritual. Paradójicamente, pese a su condición de caballeros, durante esos diez años de reclusión en la ciudad los hombres del conde Hugo no libraron ni una sola batalla. Sus espadas no se unieron a las fuerzas de ocupación cristiana de Jerusalén para luchar en los frentes abiertos desde Antioquía a Tiberiades, ni tampoco se preocuparon por reclutar a nuevos caballeros para su causa.

Por el contrario, todo parece indicar que se concentraron únicamente en la excavación y desescombrado sistemático de los establos del antiguo Templo de Salomón, descubriendo unas gigantescas bóvedas subterráneas, demasiado grandes para albergar a unos pocos hombres y su séquito. Un cruzado alemán llamado Juan de Wurtzburgo, dijo que aquellos sótanos “eran tan grandes y maravillosos que podía albergarse en ellos más de mil camellos y mil quinientos caballos“. Y la duda, naturalmente, no tardó en saltar: ¿buscaban algo en particular aquellos hombres? ¿”Algo” quizá relacionado con la intensa historia de aquel pedazo de tierra?

Muchos estudiosos de este periodo histórico, como Louis Charpentier, Robert Ambelain o más recientemente Michel Lamy, sostienen que durante aquellos trabajos los templarios pudieron dar con alguna reliquia o quizás con documentos históricos importantes que les hicieron tremendamente fuertes a ojos del Papa y las monarquías de su época. Pero en 1945 surgió una nueva pista. Este año se descubrieron en Qumrán, junto al Mar Muerto, en Israel, algunos manuscritos antiguos de la época de Jesús.

 

Uno de ellos, el llamado Rollo del Cobre, describía un fabuloso tesoro formado por la “vajilla sagrada” de Salomón, que debía estar enterrado en el subsuelo de aquel lugar desde el siglo IX a.C. ¿Buscaron los templarios ese tesoro? Si hemos de creer en lo que dice la Biblia, el ajuar del Templo debió ser fabuloso: un altar de perfumes de oro macizo, una mesa para los panes de la proposición de cedro y oro, copas, braseros y lámparas de metales nobles adornaban una estancia en la que se guardaba el tesoro de los tesoros, “el Santo de los Santos“: el Arca de la Alianza. Si descubrieron el depósito que cita el Rollo del Cobre o no, es probable que nunca lo sepamos, pero lo cierto es que en el año 1125 el mentor de aquella expedición de l
os primeros templarios, el conde Hugo, abandonó familia y posesiones en Francia y se apresuró a unirse a sus caballeros. ¿Para qué? Su precipitada salida de Troyes demuestra, sin duda, que el noble recibió noticias de algún descubrimiento fundamental que requería de toda su atención…

Fuera lo que fuese lo que hallaron los templarios, tres años después, al regreso de la campaña de Jerusalén, le sigue la fulgurante ascensión de esta organización. Se convoca el concilio de Troyes sólo para respaldar a la nueva milicia del conde Hugo. San Bernardo, en 1130, redacta los estatutos de la organización, y en 1139, en un tiempo récord, el papa Inocencio III concedía a los templarios unos privilegios exorbitantes para la época, haciéndoles independientes hasta de la propia Iglesia, y obligándoles tan solo a rendir cuentas al pontífice en persona. A partir de ahí, todo lo relacionado con el Temple se convierte casi en leyenda. Ningún documento histórico da fe de qué pudo convertir un grupo de nueve expedicionarios en toda una fuerza militar, religiosa y política de la época. Y los historiadores, casi a la fuerza, se han visto obligados a desembarcar en la literatura de aquel periodo para buscar respuestas.

En los albores del siglo XIII un poeta y caballero teutónico llamado Wolfram von Eschembach escribe un abigarrado texto -titulado Parsifal – en el que afirma que los templarios son los custodios del Santo Grial. Pocos años antes, en otro texto escrito por un poeta de la región gobernada por el conde Hugo, un tal Chretien de Troyes, mencionó esa reliquia por primera vez, describiéndola no como la copa utilizada por Jesús durante la Última Cena, sino como una especie de bandeja o losa sagrada. ¿Habían descubierto los templarios el Grial? ¿Y qué era ese Grial del que nadie se había preocupado hasta ese momento?

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LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 3/15

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 3/15

Supongamos un núcleo de ele­gidos, pertenecientes a deter­minados grados de iniciación, como ocurre en ciertas logias, ¿podría este reducto haber es­tado en contacto profundo con los cabalistas, con los teóricos sufíes y con los ashashins, tanto como para que sus respectivos presupuestos filosóficos se plasmasen en las prácticas de la Orden?

Para algunos estudiosos es perfectamente plausible, puesto que, en definitiva, los místicos cristianos, sufíes (musulmanes) y judíos (cabalistas) beben de las mismas fuentes y, además, existe una cultura soterrada compartida por «las gentes del Libro» (la Biblia), comunidades encargadas de conservar, trans­mitir y velar por la pureza de esos conocimientos, como pue­den ser los ashashins, los esenios y, en este caso, los templarios, que se erigen en conti­nuadores de esa tradición. Los famosos versos del poeta sufí Ibn Arabi (1164-1240) resuelven mediante la compasión y la be­lleza los antagonismos entre las tres religiones: «Mi corazón lo contiene todo: / una pradera donde pastan las gacelas, / un convento de monjes cristianos, un templo para ídolos, / la Kaaba del peregrino, los rollos de la Torah / y el libro del Corán (…)».

Salomón es un personaje, descrito en la Biblia como el tercer y último rey del Israel unificado (incluyendo el reino de Judá). Es célebre por su sabiduría, riqueza y poder, pues La Biblia’ ‘lo considera el hombre más sabio que existió en la Tierra. Logró reinar cuarenta años y su reinado quedaría situado entre los años 970 a.C. y el 930 a.C. aproximadamente. Construyó el Templo de Jerusalén, y se le atribuye la autoría del Libro de Eclesiastés, libro de los Proverbios y Cantar de los Cantares, todos estos libros recogidos en la Biblia. Es el protagonista de muchas leyendas posteriores, como que fue uno de los maestros de la Cábala. En el Tanaj (libro hebreo, a una versión del cual los cristianos llaman Antiguo Testamento) también se le llama Jedidías.

En la Biblia se dice del rey Salomón que heredó un considerable imperio conquistado por su padre el rey David, que se extendía desde el Valle Torrencial, en la frontera con Egipto, hasta el río Éufrates, en Mesopotamia.Tenía una gran riqueza y sabiduría y administró su reino a través de un sistema de 12 distritos. Poseyó un gran harén, el cual incluía a «la hija del faraón». Honró a otros dioses en su vejez y consagró su reinado a grandes proyectos de construcción. La Biblia dice del rey Salomón que era «el más sabio de los hombres», que podía pronunciar un discurso sobre la biodiversidad de todas las plantas, «desde los cedros del Líbano hasta el hisopo que crece en los muros, y animales, y pájaros, y cosas que se arrastran, y peces».

Según el Éxodo, Dios ordenó a Moisés que construyera un Arca. Las instrucciones que Moisés recibió, y que no debieron ser únicamente orales, por cuanto dice: “Mira bien y hazlo fabricar según el diseño que se te ha propuesto en el monte”. El Zohar, obra principal de la Cabala, dedica al Arca de la Alianza casi cincuenta páginas, y ha consignado hasta los más mínimos detalles que pasaron inadvertidos a los ojos de otros narradores. A primera vista podrá sorprender que el Zohar hable del Arca de la Alianza bajo el epígrafe de «El Antepasado de los Días». Pero es evidente que la descripción cuadra con el Arca. En el Zohar, los términos con que fue pasado el encargo del Arca coinciden con el testimonio de Moisés. Éste recibe de Yahveh, el Dios de Israel, instrucciones para la construcción de una caja según especificaciones exactamente detalladas, y con destino al «Antepasado de los Días».

El recipiente debía acompañarle con el misterioso «Antepasado» en la travesía del desierto. Lo que sabemos es que el Arca existió. Sobre su tamaño hay diferentes versiones. Y lo que más se discute es su finalidad. Una de las primeras cosas que hizo el Rey David fue trasladar el Arca de la Alianza desde su última ubicación temporal hasta la capital, como preparativo para su emplazamiento en una Casa de Yahveh adecuada, que David planeaba erigir. Pero ese honor, según le dijo el profeta Natán, no sería suyo a cuenta de la sangre derramada por sus manos en las guerras y en sus conflictos personales. El honor, se le dijo, sería para su hijo Salomón.

Todo lo que se le permitió hacer mientras tanto fue erigir un altar. El lugar exacto de ese altar se lo mostró a David un «Ángel de Yahveh, de pie entre el Cielo y la Tierra», que señalaba el lugar con una espada desnuda. También se le mostró un Tavnit, un modelo a escala del futuro templo, y se le dieron detalladas instrucciones arquitectónicas, que, llegado el momento, David le transmitió a Salomón en una ceremonia pública, diciendo: “Todo esto, escrito por Su mano, me hizo comprender Yahveh, de todas las obras del Tavnit, se puede juzgar hasta dónde llegaban los detalles de las especificaciones para el templo y sus diversas secciones, así como los utensilios del ritual”.

En el cuarto año de su reinado (480 años después del comienzo del Éxodo, dice la Biblia), Salomón comenzó la construcción del Templo, «sobre el Monte Moriah, como se le había mostrado a su padre, David». Mientras se traían maderas de los cedros del Líbano, se importaba el oro más puro de Ofir y se extraía y se fundía el cobre para los lavabos, había que erigir la estructura con «piedras talladas y cinceladas, grandes y costosas piedras». Los sillares de piedra tuvieron que prepararse y tallarse, según el tamaño y la forma deseados, en otro lugar, ya que la construcción estaba sujeta a una estricta prohibición contra el uso de cualquier herramienta de hierro en el Templo. Así, los bloques de piedra tuvieron que ser transportados y ubicados en el lugar sólo para su montaje.

 «Y la Casa, cuando estaba en construcción, se hizo de piedra, lista ya antes de ser llevada hasta allí; de modo que no hubo martillo ni sierra, ni ninguna herramienta de hierro en la Casa mientras se estuvo construyendo» (Reyes). Llevó siete años finalizar la construcción del Templo y equiparlo con todos los utensilios del ritual. Después, en la siguiente celebración del Año Nuevo («en el séptimo mes»), el rey, los sacerdotes y todo el pueblo presenciaron el traslado del Arca de la Alianza hasta su lugar permanente, en el Santo de los Santos del Templo. «No había nada en el Arca, salvo las dos tablillas de piedra que Moisés había puesto en su interior» en el Monte Sinaí. En cuanto el Arca estuvo en su lugar, bajo los querubines alados, «una nube llenó la Casa de Yahveh», obligando a los sacerdotes a salir apresuradamente. Después, Salomón, de pie ante el altar que había en el patio, oró a Dios «que mora en el cielo» para que viniera y residiera en esta Casa. Fue más tarde, por la noche, cuando Yahveh se le apareció a Salomón en un sueño y le prometió una presencia divina: «Mis ojos y mi corazón estarán en ella para siempre».

El Templo se dividió en tres partes, a las cuales se entraba mediante un gran pórtico flanqueado por dos pilares especialmente diseñados. La parte frontal recibió el nombre de Ulam («Vestíbulo»); la parte más grande, la del medio, era el Ekhal, término hebreo que proviene del Sumerio E.GAL («Gran Morada»). Separada de ésta mediante una pantalla, estaba la parte más profunda, el Santo de los Santos. Se le llamó Dvir, literalmente: El Orador, pues guardaba el Arca de la Alianza con los dos querubines sobre ella de entre los cuales Dios le hablaba a Moisés durante el Éxodo. El gran altar y los lavabos estaban en el patio, no dentro del Templo. Los datos y las referencias bíblicas, las tradiciones antiguas y las evidencias arqueológicas no dejan lugar a dudas de que el Templo que construyó Salomón (el Primer Templo) se levantaba sobre la gran plataforma de piedra que todavía corona el Monte Moriah (también conocido como el Monte Santo, Monte del Señor o Monte del Templo).

Dadas las dimensiones del Templo y el tamaño de la plataforma, existe un acuerdo general sobre dónde se levantaba el Templo, y sobre el hecho de que el Arca de la Alianza, dentro del Santo de los Santos, estaba emplazada sobre un afloramiento rocoso, una Roca Sagrada que, según firmes tradiciones, era la roca sobre la que Abraham estuvo a punto de sacrificar a Isaac. En las escrituras judías, la roca recibió el nombre de Even Sheti’yah, «Piedra de Fundación», pues fue a partir de esa piedra que «todo el mundo se tejió». El profeta Ezequiel la identificó como el Ombligo de la Tierra. Esta tradición estaba tan arraigada, que los artistas cristianos de la Edad Media representaron el lugar como el Ombligo de la Tierra y siguieron haciéndolo así aún después del descubrimiento de América.


El Templo que construyera Salomón (el Primer Templo) lo destruyó el rey babilonio Nabucodonosor en 576 a.C, y lo reconstruyeron los exiliados judíos a su regreso de Babilonia 70 años después. A este respecto vale la pena resaltar que la tradición interna de la Orden Masónica afirma que Jacobo de Molay, el último maestre de los Templarios, hizo crear poco antes de ser quemado en la hoguera cuatro grandes logias masónicas.

Estos mismos rituales remontan a Salomón, el monarca israelita, los orígenes del Arte que ellos practican, pero afirman que este llegó a occidente a través de losCaballeros del Templo de Salomón. Es decir, defienden que la masonería se había configurado en Tierra Santa por obra de las órdenes militares, especialmente la del Temple, y que fueron estas fraternidades de constructores llegadas a occidente las que habrían originado la francmasonería moderna. El profeta Samuel, que también fue juez y que, como tal, debía ser un buen observador, escribió: “Ahora, pues, manos a la obra: haced un carro nuevo, y uncid al carro dos vacas recién paridas, que no hayan traído yugo… Tomaréis después el Arca del Señor y la pondréis en el carro; colocando a su lado en un cofrecillo las figuras de oro que le consagrasteis por el pecado”. Y Samuel incluso nos habla de otro carro utilizado para el transporte: Y pusieron el Arca de Dios en un carro nuevo, sacándola de la casa de Abinadab, que habitaba en una colina; siendo Oza y Ahio, hijos de Abinadab, los qu

e iban guiando el carro nuevo… Y a cada seis pasos que andaban los que llevaban el Arca del Señor…». Pese al empleo de uno o varios carros y la tracción a cargo de dos vacas fuertes, el peso muerto no debió ser superior en ningún caso a unos trescientos kilos, aproximadamente, pues a veces el Arca es transportada y trasladada por los levitas, sacerdotes a cargo de los santuarios de Yavé: “Y a cada seis pasos que andaban los que llevaban el Arca del Señor, inmolaban un buey y un carnero”.

Pero, ¿qué era lo que transportaron a través del desierto los judíos, entre grandes trabajos y durante cuarenta años, ni más ni menos? Si tantas molestias les causaba, ¿por qué no podían desprenderse de ese objeto? Lazarus Bendavid (1762-1832), filósofo y matemático de Berlín, que dirigió la Academia libre judía, fue un «judío ilustrado y conocido filósofo», el cual consiguió demostrar que «el Arca de la Alianza de los tiempos mosaicos debió contener un grupo bastante completo de instrumentos eléctricos, cuyas influencias se hacían sentir en el exterior». Lazarus Bendavid no sólo fue un hombre sabio, sino que además se adelantó con mucho a su época. Sabía que el acceso al Arca de la Alianza estaba rigurosamente limitado a un círculo muy restringido de personas, y que ni siquiera los Sumos Sacerdotes podían acercarse al Arca todos los días, sin peligro de sufrir un terrible accidente. Dice Bendavid: «La visita al Santo de los Santos, según testimonio de los talmudistas, iba siempre unida a un peligro mortal; los Sumos Sacerdotes se le acercaban siempre con cierto temor, y se juzgaban afortunados si conseguían alejarse de nuevo sin que les hubiese acaecido nada malo».

Después de una guerra contra los israelitas, a los que vencieron, los filisteos, tribu hebrea de procedencia occidental, confiscaron el Arca del Señor. Habían observado que los israelitas concedían mucha importancia al misterioso artefacto y esperaban sacar beneficio de su posesión. Pero los filisteos no supieron qué hacer con él. En todo caso, tardaron poco en darse cuenta de que todas las personas que se acercaban al Arca enfermaban o morían. Entonces empezaron a trasladar su botín de un lugar a otro, pero en todas partes ocurrió lo mismo: los curiosos que se aproximaban demasiado enfermaban con tumores y caída del cabello. Muchos padecían grandes vómitos, y algunos murieron de una muerte horrible.

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LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 4/15

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 4/15

Pese a la conquista de los terri¬torios palestinos en los que que¬daban enclavados los Santos Lugares y la fundación del reino de Jerusalén, la seguridad de los pobladores cristianos era precaria, por lo que el rey Balduino realiza en 1115 un llamamiento a los cristianos de Oriente, pe¬tición que Balduino II reiterará en 1120, esta vez dirigida a Oc¬cidente. Más o menos en 1118, un caballero francés, Hugues de Payns (o Hugo de Payens) que, según algunos his¬toriadores es catalán y su verdadero nombre es Hug de Pinós. Y aquí nos tenemos que preguntar, ¿fue un catalán el primer gran maestre de la Orden del Temple? Una leyenda cuyo origen se remonta al siglo XVII pone de manifiesto que un caballero de nombre Hug de Pinós se convirtió en el fundador de la misteriosa congregación de monjes guerreros que combatieron en Tierra Santa durante la Edad Media. De ser cierta esta hipótesis, recogida en forma de manuscrito encontrado en la Biblioteca Nacional de Madrid, desterraría el mito que nos ha legado la historia y que sitúa al francés Hughes de Payns (1070-1136) como primer gran maestre templario. El manuscrito es revelador, ya que dice: “Declaración de la inscripción griega de la cruz de la iglesia de San Esteban de Bagá, cabeza de la baronía de Pinós, quién particicipó de la armada que tomó Tierra Santa, año 1000”. Este manuscrito es obra del historiador catalán Esteban de Corbera y está dedicada al conde de Guimerá. La relación de este noble con las Cruzadas viene dada a través de su linaje familiar, originario de Bagá. Este pequeño municipio que se sitúa en las estribaciones del Pirineos, cerca de la frontera francesa, está rodeado de unos cuantos pueblos donde podemos encontrar iglesias de planta circular, vinculadas a la arquitectura de la orden, como La Pobla de Lillet y Santa María de Besora. Dos de los miembros de la dinastía Pinós, los hermanos Hug y Galcerán, hijos del Almirante de Catalunya, viajaron a Tierra Santa durante la I Cruzada, donde participaron los templarios en la toma de Jerusalén, para acompañar a nobles de los condados de la Cerdaña y el Rosellón. De allí Hug se trajo, al parecer, una extraña y milagrosa cruz patriarcal bizantina. Dicha cruz, fabricada en madera repujada en plata, es única en Catalunya por su forma y se creía que guardaba en su interior un trozo del sagrado Lignum Crucis. En la toma de Jerusalen (1099), los hermanos Pinós lucharon y entraron por la puerta llamada de San Esteban y, posteriormente, el hermano mayor, Hug, se unió a otros caballeros cruzados para fundar una cofradía dedicada en cuerpo y alma a la protección de los peregrinos, a la que el rey Balduino II concedió como sede unos edificios situados en las dependencias del antiguo Templo de Salomón, por lo que los cofrades pasaron a llamarse templarios, mientras su fundador, convertido en líder de la naciente orden, cambiaba su apellido por el del nombre de su pueblo originario, pasando a llamarse Hugo de Bagá, latinizado como Hugo de Baganis o Paganis, que los franceses rebautizarían como Hughes de Payons o de Payns. Él sería quien enviase a su propio hermano de vuelta a su tierra natal y con el encargo específico de, aparte de fundar la iglesia de San Esteban, comenzar el reclutamiento de caballeros para la orden que había fundado en Tierra Santa. Pero, en todo caso, su proceden¬cia resulta de difícil determinación. Acude ante Balduino, rey de Jerusalén, y solicita, junto a otros ocho caballeros, al parecer franceses y fla¬mencos, la aquiescencia real para defender a los peregrinos cristianos en su transitar por Tierra Santa. El rey accede, les concede privilegios y les entrega las edificaciones correspondien¬tes al antiguo Templo de Salo¬món para que vivan en él, de lo que resulta que los nueve ca¬balleros habitan prácticamente en el sagrado recinto cuya cons¬trucción y destrucción na¬rra la Biblia. Nueve años más tarde, tras la previa incorporación a la or¬den del conde de Champagne (1126), Hugues de Payns y algunos de los caballeros templarios par¬ten hacia Francia, donde expondrán, en el concilio de Troyes (1128), la necesidad de la inci¬piente Orden de obtener unos estatutos aprobados por la Iglesia; solicitar consejo a san Ber¬nardo, abad de Claraval, sobre cuestiones preeminentemente de conciencia, estableciendo una diferencia entre «guerra justa» y «guerra santa», y reclutar frai¬les-soldados para Tierra Santa, pues cada vez son más necesa¬rios. Así, pues, san Bernardo re¬dacta los estatutos y participa directamente en la puesta en marcha de un proyecto al que, según parece, tampoco es ajena la Orden del Císter ni el abad de Citeaux, Esteban Harding.

El papa Honorio II (1124-1130) decide la aprobación de los estatutos de la orden y da su visto bueno al proyecto: la crea¬ción de una orden que proteja a los peregrinos en Tierra Santa y haga practicables las rutas que los conducen hasta el Santo Se¬pulcro. Quizá, y a decir de mu¬chos, existen otros motivos so¬terrados para la fundación de una orden religiosa y militar que, en teoría, va a realizar las mismas misiones y prestar idén¬ticos servicios que la ya existen¬te de los hospitalarios. Se trata, pues, de una misión aparente para defender pe¬regrinos en el contexto de una Tierra Santa perennemente ame¬nazada, durante los dos siglos de vigencia de la Orden, por con¬flictos bélicos y políticos. La pro¬pia Jerusalén cae varias veces en poder de los infieles y la ciudad se ve continuamente sometida a in¬tercambios, negociaciones y tratados internacionales. Así pues, más allá de la pro¬tección de los peregrinos, los templarios se van a encargar de la defensa de los intereses de la cristiandad en Oriente, intere¬ses tanto políticos como económicos, pero siem-pre vinculados a la política hegemónica de la Santa Sede. Pues no en vano el Papa, de quien de¬pende directamente la Orden y sus grandes maestres, es la máxima figura de la Iglesia, y a él deben obediencia no sólo las órdenes militares sino las principales jerarquías secu¬lares. Y, a la cabeza de todas ellas, el sacro emperador romano-germánico. Los templarios, como monjes-soldados, luchan al lado de la cristiandad y de los ejércitos procedentes de Europa occiden¬tal; crean sus encomiendas, eri¬gen sus poderosas fortalezas; in¬tervienen en la redacción de las leyes, en los pleitos dinásticos, en la economía europea, trayen¬do y llevando, y prestando dinero, hasta edi¬ficar un imperio fabuloso, impensable algunas décadas antes de su fundación, un auténtico Estado dentro del Estado, como cuerpo separado del reino de Francia primero y de la jerar¬quía eclesiástica romana después. Cuando la historia no aporta pruebas definitivas de los hechos, surge la leyenda y se crean diversas líneas de pensamiento. Entre ellas destacan las dos corrientes contrapuestas propias de toda situación dual irresoluta. Algunos historiado¬res y estudiosos propugnan la teoría de que la orden templaría fue creada para la consecución de fines secretos, relacionados con el descubrimiento de gran¬des verdades esotérico-místicas que los poderes oficiales habían silenciado durante siglos (según Louis Charpentier). Otros dicen que para la creación y desarrollo de un imperio uni-versal sinárquico. Y añaden a los motivos de su creación la persecución de teorías trascendentales y espirituales de primer orden, cuyo e
studio y práctica cambiara al hombre y a la hu¬manidad y lo proyectará a una nueva época de elevación espi¬ritual (según Juan Atienza, en sus obras “La meta secreta de los templarios” o “La mística solar de los templarios: Guías de la España mágica”, entre otras obras). Pero existen otros que niegan decididamente toda implicación trascendental en la obra y la misión de los templarios y li¬mitan el análisis de la Orden al mero panorama político y reli¬gioso medieval y renuncian a plantearse interrogantes y enig¬mas que, en muchos casos, sal¬tan a la vista o por lo menos sorprenden (Alain Demurger: Auge y caída de los templarios,1986). Ante tales interpretaciones no estaría de más sacar a colación las palabras de Jacques Bergier respecto de otro fenó¬meno contemporáneo bien co¬nocido y nunca lo suficiente¬mente analizado: «El nazismo constituyó uno de los raros mo-mentos, en la Historia de nues¬tra civilización, en que una puerta se abrió sobre otra cosa, de manera ruidosa y visible. Y es singular que los hombres pre¬tendan no haber visto ni oído nada, aparte de los espectáculos y los ruidos del desbarajuste bé¬lico y político».

En otro orden de cosas, las opiniones sobre estos soldados del Templo de Salomón abarcan un am¬plio abanico de interpretaciones de su gesta. Desde quienes sos¬tienen que los templarios pertenecieron a un orden precris¬tiano y secular, de origen druídico, que nada tuvo que ver con los postulados de la Iglesia ro¬mana y que nació para proteger a cataros, gnósticos y sufíes, hasta los que afirman que su meta fue rotundamente anti¬cristiana y alejada de todo im¬pulso renovador y progresista, pasando por los que sostienen que la orden fue la excusa tras la que se parapetaron las acti¬vidades de ciertas sociedades secretas de los siglos XII y XIII, de cuyas fuentes bebieron las órdenes rosacrucianas y franc-masónicas de los siglos XVIII y XIX. En 1118 nueve caballeros fran¬ceses y flamencos se presentan en Tierra Santa, ante el rey de Jerusalén, Balduino II, y le ofre¬cen su colaboración para vigilar y patrullar caminos, realizar la¬bores policiales y defender a peregrinos y cristianos en gene-ral de las acechanzas de sarrace¬nos y beduinos e incluso de los propios cristianos jerosolimitanos que no temen, en ocasio¬nes, darse al bandolerismo y desvalijar a los devotos visitan¬tes europeos. A la cabeza de estos valerosos hombres viene, como sabemos, el caballero noble Hugues de Payns. Tanto si este caballero responde ante Bernardo de Claraval del éxito de la misión como si todo ello obedece al particular criterio e iniciativa propios del noble, na¬da se sabe con certeza. El caso es que los caballeros llegan y el monarca les concede al punto un lugar donde aposentarse. Nada más y nada menos que el propio templo del rey Salomón, o lo que de él queda. Y los caballeros, llamados «templarios» por este hecho, se instalan en las caba¬llerizas abandonadas. Posteriormente todo el sacro recinto que¬dará a su disposición y nadie tendrá permiso para salir o en¬trar en contra de la voluntad de los templarios, pues ejercen tal ascendiente sobre el rey de Je¬rusalén que éste concede priori¬dad absoluta a sus necesidades y peticiones. Los caballeros habitarán en un principio en el palacio real de Balduino II, que en ese momen¬to era la actual mezquita Al-Aqsa, dentro del antiguo recinto ocupado por las ruinas y restos del templo de Salomón deno¬minado Haram al-Sherif (la «explanada»). Pero muy pronto el rey, que se ha hecho construir otro alcázar junto a la torre de David (1118), deja su palacio a los templarios, que moran en él y celebraban culto en la cercana mezquita de Omar o Cúpula de la Roca (actualQubbat al-Sakkra), que ellos dedican al Señor (Templu Domini). Todo ello sin salir del recinto salomónico, ya que finalmente son dueños absolutos del mismo, pues las donaciones de los monjes-caballeros del Santo Sepulcro los convierten en po¬seedores de la inmensa expla¬nada del templo de Salomón. No obstante la finalidad de su misión, los templarios pasan en aquel recinto nueve años sin combatir ni una sola vez con el enemigo infiel, dedicados sólo a la oración y a la meditación y quizá preparándose para la lu¬cha militar que les espera. Nada se sabe de otras actividades du¬rante ese tiempo. Los caballeros templarios son Hugues o Hugo de Payns, pa-riente de los condes de Champagne, que será después elegido gran maestre de la orden; su lu¬garteniente Godefroy Godofredo de Saint-Omer, de origen flamenco; André o Andrés de Montbard, tío de san Bernardo; Payen de Montdidier y Archambaud de Saint-Amand, flamen¬cos. Los restantes son anóni¬mos, pues sólo se conocen sus nombres de pila: Gondemare, Rosal, Godefroy y Geoffrov Bisol. Poco antes de 1128, cuando los caballeros se disponen a re¬gresar a Francia, se les añade un nuevo templario; el propio conde Hugo de Champagne.

Pero en 1128 sólo una zona en la cuenca oriental del Medi¬terráneo pertenecía al orbe cris¬tiano: el reino de Jerusalén, es decir, la franja que de-limita los Estados Palestinos, en ese momento en poder de los nobles europeos o de sus sucesores, que se habían abierto camino hasta el Medi-terráneo oriental merced a las cruzadas lanzadas por los pa¬pas romanos. Estas expediciones bélicas habían surgido como una necesidad religiosa de recupe¬ración de los lugares que la cris¬tiandad consideraba sagrados, pues en ellos había transcurrido la vida, la pasión y la muerte de Jesús de Nazareth. Sin embargo, las instan¬cias cristianas del momento —la jerarquía de la Iglesia católica— olvidaba que aquellos lugares eran también sagrados para ju¬díos y musulmanes, pues en ellos habían vivido y predicado, al igual que Jesús, tan¬to Moisés como Mahoma. Por eso, Jerusalén, la Ciudad Sagra¬da, era también «la tres veces santa», y en ella subsistían las ruinas del que fuera el Templo de Salomón —la mezquita de al-Aqsa—, que fue edificado según las estrictas normas que Yahvé había dado a Moisés y cuya cons¬trucción aparecía puntualmente detallada en la Biblia, libro respetado por las tres religiones monoteístas surgidas a orillas del mismo mar. Como se verá, tanto este privilegiado emplazamiento y su tripartito pasado religioso, como las enseñanzas bíblicas re¬ferentes al Templo de Salomón obraban ya en conocimiento de los fundadores de la Orden del Temple cuando arriban a Jeru¬salén en 1118 y se presentan ante el rey Balduino II. Las cruzadas surgieron por dos motivos: los meramente espiri¬tuales y los económicos. Los pri¬meros obedecían a una necesi¬dad de miles de personas que, acosadas por la urgencia de trascendencia espiritual, se ponen en marcha desesperada¬mente, como si se tratara de una migración abocada a la autodestrucción, y que consolidó el fenómeno de la cruzada espiritual propiamente dicha. Este impulso colectivo recibió poste¬riormente el espaldarazo de la jerarquía religiosa católica, dis¬puesta a fomentar en una época de peligroso oscurantismo, como los albores del siglo XII, todo aquello que, a la larga, repre¬sentase una ocasión para asen¬tar sus privilegios, lucrativos o políticos, toda vez que a partir de esta época la Iglesia católica se configuró en Occidente como el Estado más poderoso y acau¬dalado de la cristiandad, al que sólo los templarios eran capaces de salir fiadores y prestar sumas fabulosas. Los motivos económicos de la aventura cruzad
a radican pre¬cisamente en esta necesidad que tenía la Iglesia de aumentar y consolidar su patrimonio. Las naciones católicas enarbolan el estandarte de la fe y marchan a Tierra Santa a arrojar a los in¬fieles de los santos lugares y de toda Palestina. Pero a nadie se esconde que tras la pretensión religiosa subyace un programa de conquista de nuevos territorios, encaminado a conseguir que los convoyes y las naves comerciales transiten pacíficamente por las rutas de la seda y de las especias, liberar el Mediterráneo y acceder al exó¬tico mercado de Oriente, como intentaría Marco Polo. En fin, crear un punto de anclaje de ejércitos fieles a la cristiandad (el reino de Jerusalén) que sirviese de arsenal y frontera ante el avance del islam. Y en todo esto, una orden militar como la templaría se revela como algo muy impor¬tante y necesario, pues puede ac¬tuar en los territorios sometidos como núcleo difusor de ideolo¬gías y como cuerpo policial. La carestía, el hambre, las epi¬demias, la penuria que afligía a las clases populares, sumado a la falta de cultura, hacen de la población europea un terreno fértil donde la exaltación religio¬sa sembrará la simiente de es-peranza que conduce al hombre medieval al fanatismo o a la lo¬cura. Los predicadores y la con¬cepción trascendental y última de la existencia, azuzada por la imagen de un más allá terrorífico para una humanidad desasistida y la ma¬yoría de las veces depauperada, es el mecanismo que libera el re¬sorte psicológico por el que las masas adoptan soluciones drásticas y en ocasiones suicidas, ante sus conflictos de identidad colectivos. En este contexto, la santa cruzada, em¬prendida en nombre de Dios para salvación de naciones y de almas, es una solución a corto plazo.

En 1128 la comunidad se había expandido, encontrando apoyo político en lugares poderosos. Príncipes y prelados europeos donaban tierras, dinero y bienes materiales. El Papa finalmente sancionó la Orden y pronto los caballeros templarios se convirtieron en el único ejército permanente en Tierra Santa. Estaban gobernados por una estricta regla de 686 normas. Estaba prohibida la caza mayor, el juego y la cetrería. La charla se practicaba de forma comedida y sin risas. La ornamentación estaba también prohibida. Dormían con las luces encendidas, vestidos con camisas, chalecos y pantalones, listos para el combate. El maestre era un gobernante absoluto. A su lado estaban los senescales, que actuaban como sustitutos y consejeros. Los sergents, en francés, eran los artesanos, trabajadores y asistentes que sostenían a los hermanos caballeros y formaban la columna vertebral de la Orden. Por un decreto papal de 1148, cada caballero llevaba la cruz roja paté de cuatro brazos iguales, ensanchada en sus extremos, encima de un manto blanco. Fueron los primeros en ser disciplinados, equipados y regulados como ejército permanente desde los tiempos de los romanos. Los hermanos caballeros participaron en cada una de las posteriores cruzadas, siendo los primeros en el combate, los últimos en retirarse y nunca caían cautivos. Creían que el servicio en la Orden les procuraría el Cielo, y, en el transcurso de doscientos años de constante guerrear, veinte mil templarios ganaron su martirio muriendo en la batalla. En 1139, una bula papal situó a la Orden bajo el control exclusivo del Papa, lo que les permitió operar libremente en toda la Cristiandad, sin sufrir la interferencia de los monarcas. Se trataba de una acción sin precedentes, y, a medida que la Orden ganó fuerza política y económica, amasó una inmensa reserva de riqueza. Reyes y patriarcas le dejaban grandes sumas en sus testamentos. Se concedían préstamos a barones y comerciantes con la promesa de que sus casas, tierras, viñedos y huertos pasarían a la Orden a su muerte. Los peregrinos obtenían transporte seguro de ida y vuelta a Tierra Santa a cambio de generosos donativos. A comienzos del siglo xiv, los templarios rivalizaban con los genoveses, los lombardos e incluso los judíos como banqueros. Los reyes de Francia e Inglaterra guardaban su tesoro en las bóvedas de la Orden. La Orden del Temple de París se convirtió en el centro del mercado de moneda del mundo. Lentamente, la organización evolucionó hacia un complejo financiero y militar, a la vez que económicamente independiente. Con el tiempo, la propiedad templaría, unas 9.000 haciendas, fue totalmente eximida de impuestos, y esta posición única le llevó a conflictos con el clero local, ya que las iglesias pasaban penurias mientras las tierras templarías prosperaban. La competencia con otras órdenes, particularmente los Caballeros Hospitalarios, no hizo más que aumentar la tensión.

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LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 5/15

LA ENIGMÁTICA ORDEN DEL TEMPLE 5/15

Durante los siglos XII y XIII, el control de Tierra Santa osciló entre los cristianos y árabes. El ascenso de Saladino como supremo gobernante de los musulmanes proporcionó a los árabes su primer gran líder militar y el Jerusalén cristiano cayó finalmente en 1187. En el caos que siguió, los templarios confinaron sus actividades a San Juan de Acre, una ciudad fortificada de la costa mediterránea. Durante los siguientes cien años, languidecieron en Tierra Santa, pero florecieron en Europa, donde establecieron una extensa red de iglesias, abadías y haciendas. Cuando Acre cayó en 1291, la orden perdió tanto su último baluarte en Tierra Santa como el propósito de su existencia. Su rígida adhesión al secreto, que inicialmente la mantuvo aparte, con el tiempo alentó la calumnia. Felipe IV de Francia, en 1307, con un ojo puesto en las vastas riquezas templarías, arrestó a muchos de sus hermanos. Otros monarcas hicieron lo propio. Siguieron siete años de acusaciones y procesos. Clemente V disolvió formalmente la orden en 1312. El golpe final se produjo el 18 de marzo de 1314, cuando el último maestre, Jacques de Molay, fue quemado en la hoguera. Las tres religiones monoteís¬tas por antonomasia, judaísmo, cristianismo e islam, predican, en esencia, lo mismo: la salva¬ción del alma por medio de la fe y de las obras. La fe en un único Dios: para los cristianos, el Pa¬dre, del que procede el Hijo he¬cho hombre; para los judíos, Yahvé, que ha elegido y guiado al pueblo israelita, y para los musulmanes, Alá, el Misericor¬dioso, que ha inspirado a Ma¬homa las enseñanzas del Corán. Pero, por desgracia, estas tres religiones —o, al menos, la in¬terpretación que de ellas y de sus sagrados textos hacen sus sacerdotes y exegetas— son excluyentes, pese a su monoteísmo y a su creencia en un único Dios misericordioso, justo, sabio y omnipotente. Estas divergencias y la nece¬sidad política de aplicar criterios religiosos a actuaciones en el te¬rreno económico y sociopolítico provocaron durante siglos san¬grientas guerras de religión en las que ninguno de los tres cre¬dos renunciará a la violencia o a métodos expediti¬vos para predominar o abrirse camino frente a los otros dos.

Más allá de las medidas que en muchos países y en todas las épocas se tomaron contra los judíos (1306, expulsiones masivas en Francia; 1492. expulsión de¬finitiva de Castilla y Aragón), los enfrentamientos entre cristia¬nos y musulmanes provocaron serias crisis de identidad en numerosos pueblos, y en muchos lugares en los que existía una tradición tolerante y una convivencia pacífica de las tres re¬ligiones (Toledo, Zaragoza. Narbona) se asistió con horror a pogromos y autos de fe. La guerra empezaba a ser santa para los cristianos (bellum justum y bellum sacrum) y para los musul¬manes (yihad), y el conflicto bélico se apoyaba en premisas y expectativas que obedecían a motivaciones ya muy antiguas: conquista de nuevos territorios, expansión política sustentada en la expedición militar, sojuzgamiento de etnias extranjeras, sometimiento de credos no ortodoxos, apertura a nuevos mercados e intercambios comer¬ciales. El concepto islámico deyihad o el cristiano de «guerra santa» se remontan en todos los casos a la tradición más purista y hacen referencia a una actitud personal del individuo para consigo mismo. El creyente debe guerrear contra sí, contra su naturaleza inferior, para acceder a planos superiores de espiri¬tualidad y perfección. La acepción de este concepto que implica combate físico y fanatismo religioso no es propiamente espiritual, pues se fundamenta en una interpretación torcida y falaz de las Sagradas Escrituras. Aprobada oficialmente por la Iglesia católica en 1129, durante el Concilio de Troyes celebrado en la catedral de la misma ciudad, la Orden del Temple creció rápidamente en tamaño y poder. Los Caballeros Templarios empleaban como distintivo un manto blanco con una cruz roja dibujada. Los miembros de la Orden del Temple se encontraban entre las unidades militares mejor entrenadas que participaron en las Cruzadas. Los miembros no combatientes de la orden gestionaron una compleja estructura económica a lo largo del mundo cristiano, creando nuevas técnicas financieras que constituyen una forma primitiva de las modernas entidades financieras, y edificando una serie de fortificaciones por todo el Mediterráneo y Tierra Santa. Ninguna orden de caballería o de cariz religioso ha despertado a través de las épocas tanto interés ni ha provocado opiniones y ac¬titudes tan enconadas durante los dos escasos siglos que duró su existencia como laOrden de los Caballeros del Templo de Jerusalén, conocida como Orden del Temple. De origen y planteamientos misteriosos pese a sus conocidos estatutos, redactados por San Bernardo de Claraval en 1128, estu¬diosos, filósofos, teólogos y eruditos de la tradición oculta han in¬vestigado hasta la actualidad los fundamentos de esta orden de monjes-soldados, cuyos postulados, en apariencia eminentemente cristianos, conjugaban la vida monástica con su actividad guerrera. Creada la Orden con la finalidad de defender a los peregrinos que acudían a los Santos Lugares de Tierra Santa de todo asalto, vio¬lencia o robo —al igual que los hospitalarios—, la filosofía particular y las actividades en Jerusalén de los templarios alejaron a la orden de su fin primordial, guerrear contra el infiel, por lo que los ca¬balleros del Temple se convirtieron en aliados espirituales de sufíes, ashashins y otras sectas esotéricas islámicas, aunque sin apartarse del espíritu cristiano de fraternidad, pobreza, obediencia y ayuda a los necesitados. Esta actitud, que dio a muchos poderes fácticos de la época un motivo más en que fundamentar su repulsa y su alegato en contra de la Orden, acercó a los templarios a metas más tras¬cendentes que aquellas para las que, aparentemente, fueron creados y los condujo a la adquisición de una sabiduría y un conocimiento que sobrepasaría después, con mucho, las fronteras reducidas del ámbito geográfico que delimitaba su competencia. Un siglo más tarde los templarios poseían ya grandes territorios y numerosas encomiendas, no sólo en Tierra Santa, sino también y principalmente en Francia. España. Portugal e Inglaterra. Se trataba quizá de una experiencia política nunca llevada a la práctica en Europa: la hegemonía de la orden templaría que. como representación bicéfala de un poder político y una autoridad espiritual, se imponía en todo Occidente, borrando bajo el blanco manto de sus caballeros las diferencias sociales, religiosas y étnicas y unificando todos aquellos países en los que tenia predominancia.

Todo ello desde el interior de la infraestructura social, política, religiosa y económica. Una solapada tarea cuyos artífices no siempre se mostraron interesados por detentar el poder temporal o apoyarlo y no siempre estuvieron de acuerdo con la política ejercida por los titulares del papado o el imperio. Entre ellos se con
taron monjes que educaron a príncipes; en sus filas militaron los más probados caballeros de la nobleza francesa, alemana, castellana o catalana, y hubo reyes, emperadores y papas que se vincularon secretamente a la orden o la protegieron sin reservas. Pero, entre todos los misterios que rodearon al Temple, el más actual es quizá la idea sinárquica del gobierno del mundo que per¬siguieron. Sus fundamentos se asentaron en las fuentes de las que, hasta entonces, habían bebido las religiones oficiales, es decir, en las creencias de las religiones mistéricas y en la tradición común al cristianismo primitivo, a los druidas y a los sufíes y gnósticos, entre otras sectas. La idea del mundo gobernado por una élite de hombres virtuosos y justos que no cayesen en las trampas que ofrece el poder político era ya muy antigua y había sido enunciada por epicúreos y estoicos, pero hasta entonces nunca se había intentado seriamente llevarla a la práctica. Quizá Alejandro Magno, Marco Aurelio u otros emperadores ro¬manos o estadistas —de uno u otro signo— de Occidente, en un momento dado de la historia, pretendieron dar cuerpo a un ideal. De sus buenas intenciones sólo quedó, confusa y vaga, una idea de escuálido im¬perialismo, sin otro motor que el deseo humano de hegemonía y poder ilimitado sobre un pueblo o varios, el dominio del territorio vecino, la superación de la frontera mediante la campaña militar o, en última instancia, la anexión pura y simple de otros Estados a una determinada Corona. Ésta fue, sin duda, la decadencia templaría. La constatación de que tampoco aquella orden creada con un fin universalista podría superar las trabas del interés político y del ansia de poder humanos. La tergiversación de los fundamentos ideológicos de la orden la puso en evidencia ante sus enemigos políticos y la acumulación de ri¬quezas y poder le creó temibles contrincantes. En 1307 comenzaron los encarcelamientos masivos de templarios en París; en 1312 el concilio de Vienne dictó su disolución; en 1314, el gran maestre Jacobo de Molay murió en la hoguera, condenado por el Papa y ejecutado por el brazo secular del rey de Francia. Pero pese a la persecución de sus caballeros-monjes, la Orden continuó su soterrada labor mediante el concurso de otras cofradías u órdenes militares —Santiago, Calatrava, Alcántara, la portuguesa Orden de Cristo— y sus postulados pervivieron posteriormente. En los últimos siglos, diferentes logias, sectas y organizaciones de ca¬rácter místico-religioso reivindican para sí el derecho a llamarse continuadoras de la misión templaría. La idea cósmica de los caballeros jerosolimitanos del Templo de Salomón queda, pues, expresada ahí, en ese dramático y valeroso intento de los siglos XII y XIII, que permanece como iniciativa de tendencias colectivas que ya contempla la sociedad actual y cuyo embrión fue la Sociedad de Naciones y la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Quizá el teórico fracaso de la misión templaría estriba en que sus planteamientos se adelantaron a su época, un tiempo en el que la humanidad no estaba todavía pre¬parada para comprender que el progreso auténtico de la sociedad mundial requiere del esfuerzo individual de las naciones para lograr un desarrollo colectivo.

El éxito de los templarios se encuentra estrechamente vinculado a las Cruzadas. La pérdida de Tierra Santa derivó en la desaparición de los apoyos de la Orden. Además, los rumores generados en torno a la secreta ceremonia de iniciación de los templarios crearon una gran desconfianza. Felipe IV de Francia, considerablemente endeudado con la Orden, comenzó a presionar al Papa Clemente V con el objeto de que éste tomara medidas contra sus integrantes. En 1307, un gran número de templarios fueron arrestados, inducidos a confesar bajo tortura y posteriormente quemados en la hoguera. En 1312, Clemente V cedió a las presiones de Felipe y disolvió la Orden. Su brusca erradicación dio lugar a especulaciones y leyendas que han mantenido vivo el nombre de los caballeros templarios hasta nuestros días. Controladas las invasiones musulmanas y vikingas, bien por vía militar o mediante asentamiento, comenzó en la Europa occidental una etapa expansiva. Se produjo un aumento de la producción agraria, íntimamente relacionado con el crecimiento de la población, y el comercio experimentó un nuevo renacer, al igual que las ciudades. La autoridad religiosa, matriz común en la Europa occidental y única visible en los siglos anteriores, había logrado introducir en el belicoso mundo medieval ideas como “La paz de Dios” o la “Tregua de Dios”, dirigiendo el ideal de caballería hacia la defensa de los débiles. No obstante, no rechazaba el uso de la fuerza para la defensa de la Iglesia. Ya el pontífice Juan VIII, a finales del siglo IX, había declarado que aquellos que murieran en el campo de batalla luchando contra el infiel, verían sus pecados perdonados, es más, se equipararían a los mártires por la fe. Existía, pues, un arraigado y exacerbado sentimiento religioso que se manifestaba en las peregrinaciones a lugares santos, habituales en la época. Las tradicionales peregrinaciones a Roma fueron sustituidas paulatinamente a principios del siglo XI por Santiago de Compostela y Jerusalén. Estos nuevos destinos no estaban exentos de peligros, tales como salteadores de caminos o fuertes tributos de los señores locales. Pero el sentimiento religioso, unido a la espera de encontrar aventuras y fabulosas riquezas, arrastraron a muchos peregrinos, que al volver a sus hogares relataban sus penalidades.

El pontífice Urbano II, tras asegurar su posición al frente de la Iglesia, continuó con las reformas de su predecesor Gregorio VII. La petición de ayuda realizada por los bizantinos, junto con la caída de Jerusalén en manos turcas, propició que en el Concilio de Clermont (noviembre de 1095) Urbano II expusiera, ante una gran audiencia, los peligros que amenazaban a los cristianos occidentales y las vejaciones a las que se veían sometidos los peregrinos que acudían a Jerusalén. La expedición militar predicada por Urbano II pretendía también rescatar Jerusalén de manos musulmanas. Las recompensas espirituales prometidas, junto con el ansia de riquezas, hicieron que príncipes y señores respondiesen pronto al llamamiento del pontífice. La Europa cristiana se movió con un ideario común bajo el grito de “Dios lo quiere” (Deus vult), frase que encabeza el discurso del concilio de Clermont en que Urbano II convocó la I cruzada. La primera cruzada culminó con la conquista de Jerusalén en 1099 y con la constitución de principados latinos en la zona: los Condados de Edesa y Trípoli, el Principado de Antioquía y el Reino de Jerusalén, en donde Balduino I no tuvo inconveniente en asumir, ya en 1100, el título de rey. Apenas creado el reino de Jerusalén y elegido Balduino I como su segundo rey, tras la muerte de su hermano Godofredo de Bouillon, algunos de los caballeros que participaron en la Cruzada decidieron quedarse a defender los Santos Lugares y a los peregrinos cristianos que iban a ellos. Balduino I necesitaba organizar el reino y no podía dedicar muchos recursos a la protección de los caminos, porque no contaba con efectivos suficientes para hacerlo. Esto, y el hecho de que Hugo de Payens fuese pariente del Conde de Champagne (y probablemente pariente leja
no del mismo Balduino), llevó al rey a conceder a esos caballeros un lugar donde reposar y mantener sus equipos, otorgándoles derechos y privilegios, entre los que se contaba un alojamiento en su propio palacio, que no era sino la Mezquita de Al-Aqsa, que se encontraba a la sazón incluida en lo que en su día había sido el recinto delTemplo de Salomón. Y cuando Balduino abandonó la mezquita y sus aledaños como palacio para fijar el trono en la Torre de David, todas las instalaciones pasaron, de hecho, a los Templarios, que de esta manera adquirieron no sólo su cuartel general, sino su nombre. Además de ello, el Rey Balduino se ocupó de escribir cartas a los reyes y príncipes más importantes de Europa a fin de que prestaran su ayuda a la recién nacida orden, que había sido bien recibida no sólo por el poder temporal, sino también por el eclesiástico, ya que fue el Patriarca de Jerusalén la primera autoridad de la Iglesia que la aprobó canónicamente. Nueve años después de la creación de la misma en Jerusalén, en 1128 se reunió el llamado Concilio de Troyes que se encargaría de redactar la regla para la recién nacida Orden de los Pobres Caballeros de Cristo. El concilio fue encabezado por el legado pontificio D’Albano y al mismo acudieron los obispos de Chartres, Reims, París, Sens, Soissons, Troyes, Orleans, Auxerre y demás casas eclesiásticas de Francia. Hubo también varios abades, como Etiene Harding, mentor de San Bernardo, el propio San Bernardo de Claraval, y laicos, como el Conde de Champagne y el Conde de Nevers. Hugo de Payens expuso ante la asamblea las necesidades de la orden, y se decidieron artículo por artículo hasta los más mínimos detalles de ésta, como podían ser desde los ayunos hasta la manera de llevar el peinado, pasando por rezos, oraciones e incluso armamento. Por lo tanto, la regla más antigua de la que se tiene noticia es la redactada en ese concilio. Escrita casi seguramente en latín, estaba basada hasta cierto punto en los hábitos y usos previos al concilio. Las modificaciones principales vinieron del hecho de que, hasta ese momento, los templarios estaban viviendo bajo la Regla de San Agustín y el concilio les cambió a la Regla Cisterciense (que no era más que la de San Benito modificada) y que era la que profesaba S. Bernardo.

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